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YA NO CUELA

Marchena el Desilusionista

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La sala del tribunal es como una cámara insonorizada a ese estruendo emocional que domina el resto de la vida pública.

No sé en ustedes, pero en mí las escenas que corren por las redes sociales del juicio al ‘procés’ tienen el efecto de un súbito despertar. Es el chasquido de dedos del hipnotizador que saca al voluntario del trance, la mañana después de una monumental melopea en la que dijimos demasiadas cosas e hicimos otras que nos pone colorados recordar.

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Me tranquiliza que exista la ley, no ya por todas las ventajas de orden y posibilidad de convivencia que son sus ventajas obvias, sino porque la sala del tribunal es como una cámara insonorizada a ese estruendo emocional que domina el resto de la vida pública.

No entro ahora en los méritos o deméritos de la independencia, cuestión que dejo para mentes más preclaras y analistas más sesudos, o para cualquier otra ocasión. Pero creo que nadie podrá negar a estas alturas que toda la tartarinesca aventura se vendió envuelta en un sentimentalismo prerracional que podría matar a una legión de diabéticos. No entro a juzgar si hay o no argumentos mínimamente racionales del lado de los secesionistas, pero es un hecho constatable que prefirieron la emotividad más infantil y las consignas más viscerales.

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No es cosa solo del ‘procés’, naturalmente, aunque hay que reconocer que llevaron la tendencia al paroxismo, con su ‘votar no es delito’ o el país donde siempre haya helado de postre. No, es generalizado, es el triunfo incontestable del sentimiento sobre la razón en toda la vida pública. Miedos sin base, ilusiones absurdas, sensaciones agradables o desagradables, reacciones instintivas, reflejos condicionados: esas han sido las palancas que han accionado los candidatos en campaña y constituyen el núcleo de lo que, sin que se denuncie la sangrante ironía, se llama ‘debate público’.

Pero luego llega Marchena y pone a Becquer en el banquillo y le obliga a responder qué mundo, exactamente, pretende dar a cambio de la mirada y qué cielo se ha comprometido a pagar para comprar la sonrisa. Y el espectáculo es maravilloso.

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