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Mujeres

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Una de las innumerables paradojas de la postmodernidad es que cuanto más vocifera un medio, partido o particular por la igualdad, más decidido está a mantener la diferencia.

En realidad, esta paradoja tiene una explicación facilita: si te dan un cargo, un sueldo, poder y prestigio por combatir una plaga de gamusinos, te asegurarás de que los gamusinos no dejen jamás de ser una amenaza.

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Hay un momento en que la igualdad ante la ley se consigue, y es el momento en el que esa igualdad debe dejar de ser la exclusiva de grupos concretos. Los abolicionistas del XIX se disolvieron una vez que se ilegalizó la esclavitud. ¡Ingenuos!

Vean hoy, por ejemplo, las primeras de los principales diarios nacionales. Ayer se anunciaron los nombres de quienes dispondrán de nuestra vida desde Bruselas, logrados mediante un chalaneo que solo con una portentosa imaginación se puede llamar ‘democrático’. Me refiero a los miembros de la Comisión y de otras instituciones europeas.

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ABC acerca el ascua europea a la sardina nacional y titula, un tanto crípticamente, que ‘Merkel somete a la pinza Macron-Sánchez’, dando, suponemos, un alegrón a nuestro narcisista en jefe. Lo mismo hace su miniyo, La Razón, cuando titula que ‘Borrell será el jefe de la diplomacia y Alemania se hace con la presidencia’. El Mundo va más allá que ningún otro a lo que importa y titula que ‘El eje franco-alemán copa el gobierno de la Unión Europea’, algo tan real como relevante.

Y entonces llega El País, el diario de referencia, dirigido por una mujer, Soledad Gallego, y con una redactora jefe de ‘feminismos’ o algo así, y titula: ‘Dos mujeres conservadoras presidirán la Comisión y el BCE’. ¿Ven lo que les digo?

¿Es relevante que sean mujeres? En la mente de quien exagera las diferencias entre los sexos sí sería relevante, pero se supone que El País está en lo contrario. Por lo demás, ¿hay algo más humillante, más discriminatorio, que pertenecer a un ‘colectivo’ en el que, para estos medios, es tu pertenencia al mismo lo que cuenta y no tu individualidad? Esa es la gran ventaja de ser varón con esta gente, que eres tú mismo, que para nada es igual que sea Pablo o que sea Luis, hay un mundo de diferencia. En el caso de la mujer, en cambio, la cosa se ventila con “dos mujeres”, dos ejemplares clónicos del ‘colectivo’. ¿Qué mujeres? ¿Golda Meir, Margaret Thatcher, Hillary Clinton? Da lo mismo, todas iguales para mí seréis.

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