Olga Picasso

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Un 6 de junio de 1917 la prensa catalana recogía: “Se encuentra entre nosotros el eminente artista Pau Ruiz Picasso. No sabemos a qué se debe su visita, pero hemos oído que viene para trabajar… pese a que no sabemos nada en concreto”, publicaba la Veu de Catalunya. Lo que nadie sabía es que el pintor se adelantaba a la llegada de su última conquista amorosa que actuaba en el Liceo el día 23. Era Olga Khokhlova, la bailarina de los Ballets Rusos de Diáguilev un grupo para los que Picasso diseñó los decorados y los figurines de Parade, una de las coreografías del espectáculo.

El arranque: un baúl

Todo es una larga historia. Picasso fue un hombre de grandes pasiones y amores, no revelo aquí nada que no se sepa. Y sus relaciones amorosas quedaron plasmadas en sus pinturas inevitablemente: sus obsesiones, sus tormentosas pasiones abocadas muchas a un fatal destino, sus intereses velados, su personalidad particularmente intensa, mujeres a la vez musas y a la vez arrojadas al olvido… La muestra ‘Olga Picasso’ gira en torno a, como no podía ser de otro modo si hablamos de Picasso, “una relación complicada entre dos seres absolutamente diferentes, muy enamorados al principio y distanciados al final”. El arranque: un baúl de viaje, negro y perfilado en rojo y con cajones de aspecto curtido, muy vivido. Había sido de ella, Olga Khokhlova, la primera esposa de Pablo Ruiz Picasso, la abuela de Bernard Ruiz-Picasso que, desde hace unos meses, presenta y gira por el mundo desde Málaga a París y ahora recala en Madrid, en Caixa Fórum, con esta exposición. Este baúl fue el último recuerdo que mantuvo Olga, incluso en la clínica del sur de Francia donde falleció, adelantaban en la presentación: “Cuando enterraron a mi abuela, mi padre llevó el baúl a la casa de Boisgeloup y allí ha estado desde mediados de la década de los años 50 hasta ahora”. En algunos de sus cajones había, entre otras cosas, fotografías conservadas dentro de sus sobres Kodak, mientras que en otros cajones había cartas en francés y en ruso, atadas con cintas de seda rosa y azul. También había zapatillas de danza, tutús, un crucifijo, una Biblia ortodoxa en ruso, efemérides y programas de ballet. “Después de la muerte de mi padre, mi madre me explicó que dentro de este baúl había cosas muy importantes. Cuando yo era más joven no tenía particular interés en él y fue mucho más tarde, cuando hicimos este museo junto con mi madre, cuando nos pareció oportuno investigar lo que había dentro”.

Doble drama

Efectivamente, lo que encontraron en el interior de ese baúl fue lo que dio pie a ‘Olga Picasso’, el proyecto que hasta el próximo 22 de septiembre, después de haber pasado por el Museo Picasso de París y el Museo Pushkin y tras su escala en Málaga, permanecerá, como digo, en Madrid: “Hay cierto consenso por parte de los especialistas en llamar a este periodo en la obra de Picasso como neoclasicista, pero no pienso que sea exactamente así”, sigue Ruiz-Picasso. Desde luego es el “período Olga” de Picasso contextualizado con la historia personal de la pareja. Caixa Forum Madrid ha reunido un total de 335 piezas con el objetivo de acabar con la visión parcial y a menudo negativa de la primera esposa del pintor, quien además vivió un doble drama durante el tiempo que estuvo con él. El director del Museo Picasso de Málaga, José Lebrero, explicaba: “Esta exposición plantea que lo que algunas interpretaciones histórico-artísticas decían es, por lo menos, cuestionable. Porque ‘Olga Picasso’ se presenta como una muestra con varias posibilidades de lectura”. Y, un recorrido sentimental que también sirve para conocer de primera mano un momento trágico que vivió la pareja, como recuerda Bernard Ruiz-Picasso: “La tragedia se crea desde el inicio. Cuando Picasso se encuentra con Olga en 1917 en Roma ella era bailarina de los Ballets Rusos. Picasso cambia totalmente de registro y toda la comunidad artística piensa que se ha vuelto loco y que ya no forma parte de la vanguardia de París. Y casi al mismo tiempo ocurre en Rusia la guerra civil. Así, Olga vive el drama de la guerra afectando a su familia en primera persona a la vez que la vida le ofrece la felicidad de su ascenso social junto a Picasso y sus amigos artistas: “Sufre la desaparición de su padre y sus dos hermanos en el frente. Hay una parte muy alegre, que es la del comienzo de la historia de amor, pero luego vienen los momentos dramáticos de separación, dolor y ansiedad”. La tragedia va tornando también en desgracia amorosa porque entra en escena la nueva compañera de Picasso, Marie-Thérèse Walter, a finales de los años 20. Picasso no se separaría de Olga hasta 1935. Los últimos veinte años de su vida, Olga viviría sumida en la tristeza y la pérdida de hotel en hotel: “Entre 1927 y 1928 llega Marie-Thérèse, que tiene influencia directa en su obra. Se ve muy bien en la exposición. Olga no era estúpida. Sabía quién era Picasso. Y Picasso se presenta en sus obras como responsable de este dolor”.

Víctima y verdugo

No debemos olvidar algo que siempre se ha dicho de Picasso y que su nieto nos recuerda, “Picasso era muy cariñoso con la gente a la que amaba, que, a su vez, eran conscientes del peligro de su carácter apasionado”. Ya sabías a lo que te exponías cuando te acercabas a esa personalidad única y torrencial. Esa primera parte de los comienzos de la relación viene reflejada en la exposición con más de 40 pinturas: obras como el retrato de Olga en el sillón o los retratos del hijo de la pareja, Paulo, vestido de arlequín. Por el contrario, dibujos como la crucifixión o la pintura de Olga desnuda en el sillón rojo –“donde se ve a una mujer que es ya sólo dolor y pena”- recuerdan esa etapa de sufrimiento.

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Recuerdo que en la presentación, Ruiz-Picasso se quedó mirando el catálogo de la exposición y, de repente, señaló el dibujo ‘Minotauro cargando una yegua y su potro en un carro’, fechado el 5 de abril de 1936: “Es un retrato fidedigno de sí mismo. Si su esposa comparece a menudo como una víctima, el pintor, en una proyección de sus sentimientos, no duda en presentarse como el verdugo”. Y la base artística en la que se apoya, como en tantas otras, es la mitología clásica: “Picasso es el minotauro que lleva el carro; ese caballo muerto es mi madre y el potro de ahí, mi padre”, explicaba. Una especie de psicoanálisis, un desnudarse emocionalmente. “También en esta forma de sincerarse actúa Picasso como un artista moderno, haciendo un teatro de sí mismo para la interacción con el espectador”, apunta Ruiz-Picasso.

El interés de esta muestra, pues, es el de actualizar el conocimiento de una época en la que Picasso inició una nueva trayectoria, “yendo más allá de lo neoclásico e interesándose por el alma humana”, señalaba finalmente el nieto del pintor.