TRIBUNA

Otra gala de los Goya

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Sabes que has llegado demasiado pronto a los Goya cuando te encuentras posando como una actriz en el photocall a Elena Sánchez (RTVE) que se supone es periodista, “he estudiado mucho para la Gala” decía. Mientras en la calle los fans se desgañitaban tras una verja intentando que algún actor se acercara a firmarles un autógrafo, comenzaban a llegar a la alfombra roja nominados e invitados. De forma lenta. Lentísima. Ralentizada. Por ahí pasaba todo el mundo: la del corto, el del documental, la de maquillaje, el de vestuario… En lo que dura el paseíllo daría tiempo a ver Lo que el viento se llevó, dos ruedas de prensa de José Manuel Villegas (Ciudadanos) y a Celaá en el enésimo bucle intentando atinar con el nombre del exseleccionador de baloncesto y candidato de Sánchez a la alcaldía de Madrid: “¿Pepu? ¿se llama Pepu Hernández? ¿José Hernández? ¿Pepu? No sabía si termina con ‘o’ o con ‘u’?”. Creo que aún sigue… De las primeras en llegar al photocall fue Susi Sánchez para marchar rauda y veloz a continuación porque tenía función de teatro, “llego como un manojo de nervios”. Épica fue su segunda llegada corriendo (literalmente) al Palacio de Exposiciones y Congresos de Sevilla de la mano de su compañero en ‘Espía a una mujer que se mata’, Ginés García Millán, a punto de la Gala. Esfuerzo recompensado, Goya a la mejor actriz protagonista por ‘La enfermedad del domingo’.

El actor Carlos Santos pisaba la alfombra este año más tranquilo, “ni entrego premio ni me lo entregan, a disfrutar relajado de la noche”. Contaba nostálgico que terminó hace un mes el rodaje de El Crack II donde interpreta a Areta, el personaje encarnado por Alfredo Landa, “no he querido afeitarme completamente el bigote por no alejarme del todo del personaje”. Se le nota emocionado y feliz por la experiencia junto al director José Luis Garci. Brays Efe también acudió, “a figurar, a lo Sonia Monroy” aunque dejó caer que si alguien quiere que presente otro año “aquí me tienen”.

Leonor Watling deseando cambiarse de zapatos y metiendo tripa porque no podía respirar en su ajustado vestido azul al igual que Belén Cuesta, “me he criado en chanclas, por ahora voy bien”. Los hombres lo tienen un poco más fácil, David Trueba lucía zapatillas, “presentaría una gala más al estilo Bafta, con menos espectáculo”, aseguraba a María Guerra. Y el director Alejandro Amenábar confesaba que tiene a punto su nuevo filme “anoche, a la una de la madrugada, estaba aún mezclando”. José Coronado, tan elegante, pronosticaba, “va a ganar El Reino en casi todo”. Y, Juan Antonio Bayona más comedido, “nos gustan mucho muchas películas” no soltaba prenda junto a su hermano. Para los Oscars sí, “Roma”.

De reivindicaciones, postureos e influencers

La gente va también a la alfombra roja a promocionarse. A buscar trabajo, como iban antes al Café Gijón. La alfombra roja monetiza. De una tacada nos tuvimos que tragar a las ‘influencers’, unas 60 u 80 y ninguna especializada en cine ¡qué sorpresa! Así, vimos a Tamara Falcó que no sé si sabrá de cine, pero de electrodomésticos algo conocerá ya que estaba en Sevilla como embajadora de LG, uno de los patrocinadores del acto. La influencer (¿) Dulceida incluso se atrevió a opinar. Ante los micros de La Script decía cosas como, “me flipa que sea en Sevilla. Me flipa el cine español, tenemos actores y actrices sobre todo. ‘Carmen y Lola’ me flipó y, además, que sea una película dirigida por una mujer, cumple todos los requisitos”. Flipante todo, sí. También soltaba expresiones como “oh, my God”. Embarazadísima y guapísima Sara Sálamo con la mano en la barriga, a lo Meghan Markle, (¿creerán que se les va a caer?, apuntaba Carmen Rigalt). Y, el momento locurón llegó con Rosalía. Empujones, cintas rojas rotas, vallas de ‘no pasar’ derribadas y cordones de seguridad, todo al suelo y todos a asaltar la alfombra roja para meter el micro a la cantante de moda. David Broncano y Berto Romero ojipláticos sobre todo porque los periodistas los habían dejado abandonados con la palabra en la boca. Por cierto, patético quedó una año más el intento de reivindicación ‘MeToo’ con los abanicos rojos y el lema #NiUnaMenos, “he visto que muchos cogían el abanico, pero ahora no veo a nadie con él en la mano”, decía Julián López. ¿Dónde quedó la propuesta de Isabel Coixet? Ninguna acudió en pijama para denunciar el machismo “sola me daba palo, o todas o ninguna”, contaba. Es más fácil y te compromete menos mirar a los focos y a los flashes, sonreír, enfundarte en vestidos con plumas y marabú y brillar con glitter. Las que vengan detrás que arreen… Eso sí, hubo numero reivindicativo con las fichas de las presentadoras como herramienta en el escenario: “¡Esa ficha es mía!” ¡”no, es mía!”. La organización de la Gala dejó en cada butaca una ficha para las actrices con el mensaje: “Te pedimos que colabores con nosotras levantando y agitando esta ficha mientras gritas ¡es mía! Si no quieres gritar no pasa nada, pero sí te pedimos que te levantes de la butaca y subas bien alto el brazo agitando tu ficha. El aplauso espontáneo, que esperamos que recibáis (van a levantarse cientos de personas), marcará el final de este número y podrás volver a sentarte. Muchas gracias por participar, espero que al acabar te sientas feliz por haberlo hecho”.

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Andreu Buenafuente, al entrar, intentó ponerse la venda antes de la herida echando balones fuera, “a ver si nos reímos todos un poco. Es un detallazo que Rosalía haya venido a los Goya, será una de las pocas actuaciones en España”, mientras Silvia Abril confirmaba, “presentar los Goya es un deporte de riesgo. Somos dos salmones a contracorriente y queremos cambiar esa idea. Vamos a ver si la cambiamos o el año que viene tenemos otra vez desierta la plaza de presentador”. Luego, Javier Fesser le comió la tostada a Buenafuente a la hora de hablar ante el micrófono. En contra: la larga duración. RTVE no puede acabar un programa casi a las dos de la mañana, diría Rosa Belmonte. Amárrense los pavos, tras el discurso del presidente de la Academia, Mariano Barroso, la cosa puede ir a más y más duración cuando se refirió a las plataformas de televisión. “Pero eso es por lo premios Furor”, señalaba Carmen Lomana en la radio. Discúlpenla, ella quería referirse a los Premios Feroz. A favor: los presentadores salvaron el escollo manejándose entre los piélagos de lo políticamente correcto. Pasaron de largo sin dejar huella. Tanto que quedaron sin momentos a destacar, pero evitando caer en el ridículo de otros anteriores, “es que la nuestra fue una Gala dadá, vanguardista, y la gente no lo entendió”, aseguraba, en la entrada, Joaquín Reyes acompañado de Ernesto Sevilla.

Otra Gala que no pasará a los anales de la historia del cine. Correcta (si obviamos a Penélope Cruz masticando chicle). Sin alharacas y salvada por el discurso de Jesús Vidal (Campeones), humilde y ovacionado, único y verdadero momento de emoción demostrando que se puede hacer un discurso natural, llegando al corazón, sin la imposición del discurso politizado y del clásico postureo.