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TRIBUNA

Otra huida hacia delante de la economía de la eurozona

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Bajo las dos políticas de la Eurozona anunciadas, una de naturaleza monetaria y la otra fiscal, hay varios factores preocupantes e incluso alarmantes.

La semana pasada el BCE anunció la que será probablemente la noticia económica más trascendental del año, con consecuencias directas para los próximos ejercicios. Mario Draghi afirmó la disposición de la institución que dirige de prorrogar las medidas expansivas de crédito. Según reconoció el presidente del BCE, el objetivo es evitar que la economía de la Zona Euro se desacelere más de lo previsto porque, como ya anticipó la OCDE, la economía europea se está ralentizando y las perspectivas de crecimiento son cada vez más modestas hasta el punto de que podríamos estar en la antesala de una nueva recesión. Por tanto, la extensión de esta política hasta marzo de 2021, conocida como Targeted Longer-Term Refinancing Operations (TLTRO III), consiste en continuar ofreciendo al mercado financiación gratuita (aunque condicionada) a los bancos para que a su vez otorguen crédito al sector privado no financiero.

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Detrás de los aspectos más técnicos de esta nueva medida de expansión crediticia en la Eurozona lo que hay son varios factores muy problemáticos, que generan más dudas que certezas a pesar de las nuevas inyecciones de capital que se harán al sistema financiero. El BCE trata de salir al paso de una situación macroeconómica en Europa llena de incógnitas e incertidumbres, tratando de ofrecer confianza en el mercado “imprimiendo” más euros, esto es, inundando de más dinero a la economía con la intención de sostener el consumo y la demanda interna. Pero no hay que confundir este tipo de estímulos orientados a la liquidez con un supuesto refortalecimiento de la economía. Que haya más dinero en circulación no quiere decir que el mercado europeo sea capaz de generar riqueza productiva y tangible. La economía de la eurozona goza de liquidez, pero cada vez es menos competitiva. Que haya mucho dinero circulando y más posibilidades de crédito barato no quiere decir que detrás haya proyectos empresariales sostenibles y solventes, ni políticas públicas eficientes. El BCE -probablemente influido o presionado por las élites políticas y bancarias de las principales potencias europeas- finalmente ha optado por seguir estimulando “artificialmente” la economía mediante la creación de un dinero barato, casi gratis. Bajo la apariencia de liquidez se disimulan los desajustes y graves problemas de la economía europea, cada vez menos potente y con vulnerabilidades estructurales que la hacen menos dinámica y atractiva para la inversión frente a las economías y mercados asiáticos, norteamericanos y africanos.

Al mismo tiempo, el BCE también confirmó que el déficit público del conjunto de la Eurozona se va a elevar el 1% del PIB en 2019, el doble que en 2018. Este hecho supone un cambio de tendencia muy determinante, porque es la primera subida de déficit público desde 2009. Este estímulo fiscal permite básicamente a los gobiernos gastar más (con dinero que piden prestado a los mercados). Y más déficit público significa más deuda pública (que en definitiva es deuda de los ciudadanos frente a acreedores externos). Lo que sucede con esta medida es que se va a aplicar en un contexto diametralmente diferente al de 2009, un año después del estallido de la crisis financiera internacional. Por aquel entonces los Estados pudieron asumir incrementos de déficit porque la deuda pública tenía un nivel inferior al 70% del PIB en el marco de la Eurozona. En estos momentos la situación es otra. El endeudamiento público ronda el 90% del PIB de media en la Eurozona, por lo que los Estados apenas tendrán margen para aplicar esta medida que vuelve ahora a permitir el BCE. La cuestión estará en las desviaciones futuras que se producirán probablemente respecto a este límite por parte de algunos Estados, como el español, aprovechando la coyuntura para justificar su gasto público de forma oportunista (en España de hecho se espera un descuadre del déficit, que rondará el 2% este año y en 2020).

Bajo las dos políticas de la Eurozona anunciadas, una de naturaleza monetaria y la otra fiscal, hay varios factores preocupantes e incluso alarmantes, porque meter más dinero en el mercado y permitir a los políticos gastar más (con dinero prestado) no parece que vaya en la dirección de solucionar una situación a la que precisamente nos arrastraron dichas políticas monetarias y fiscales. Son medidas para seguir estirando el juego en el tiempo, pero no para atajar y resolver los problemas ni afrontar los desafíos de la economía europea, que son mucho más profundos y complejos (energía, demografía, educación, migraciones, defensa y seguridad, cambio climático, digitalización etc.). Aunque el BCE siga anegando la economía de la Eurozona y flexibilizando el déficit la realidad empírica se acabará imponiendo. ¿Podemos seguir en Europa inundando el mercado de dinero-deuda? ¿Nadie en las altas instancias políticas y financieras parece darse cuenta de que este inmenso Estado Social Europeo se basa en un modelo financiero insostenible que tiene como eje la generación exponencial de deuda que se va refinanciando pero que alguna vez habrá que pagar o se terminará? ¿Todavía nos creemos que el dinero es una especie de maná que cae del cielo y que puede seguir creándose sin límite y sin que tenga efectos negativos sobre las economías domésticas? ¿Podemos seguir haciendo política ampliando las partidas del denominado “gasto social” y de creación de derechos y carteras de servicios públicos sin tener un plan financiero que los soporte adecuadamente y que sea coherente y congruente con la realidad productiva y social de las economías nacionales?

No seamos ingenuos. Si después de la crisis financiera internacional Europa todavía goza de este modelo de “bienestar” es porque su Estado Social pivota sobre un banco central que sigue dopando masivamente a la economía, sin que los gestores públicos -los políticos- hayan apenas ejecutado reformas administrativas de gran calado para hacer posible el propio sostenimiento del sistema. Esta tremenda irresponsabilidad de los políticos que han dejado a los países de la Eurozona en manos de banqueros lo pagaremos muy caro, cuando el dopaje monetario deje de surtir efecto y se den las circunstancias objetivas para entrar en otra recesión con su correspondiente crisis social, una situación que podría estar más cerca de lo que parece.

Aunque el problema técnico es altamente complejo, la principal causa del problema es antropológica y relativamente sencilla si se comprenden los incentivos y las inclinaciones de los principales actores. La primera razón es que los políticos, por lo general, quieren gastar más porque eso les permite comprar votos y garantizarse el poder. Las políticas de gasto social son instrumentos electoralistas que hacen del trámite parlamentario un campo de batalla y un mercadeo populista. España es un alumno aventajado en el contexto europeo. A falta de presupuestos aprobados por el Parlamento, se prorrogan los anteriores y el Gobierno sustituye al Parlamento legislando políticas de gasto por vía de reales decretos, desnaturalizando así el Estado de Derecho, cuyo pilar es la separación de los poderes estatales. Una ciudadanía responsable y formada no toleraría por mucho tiempo esta situación política tan excepcional (el Poder Ejecutivo se erige en legislador).

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En segundo lugar, el sentido común más elemental nos dice que el gasto público descontrolado se transforma en deuda de todos los ciudadanos frente a los acreedores (externos e internacionales). El endeudamiento del Estado son activos bancarios. A mayor deuda pública, mayores activos para los bancos prestamistas e inversores, y por tanto mayor control que éstos adquieren sobre la política y la economía nacional. Los gobiernos europeos, entre los cuales el español también es un alumno muy aventajado, han propiciado esta subordinación de la política a las finanzas transnacionales y a los negocios especulativos sobre los títulos de deuda pública. Precisamente algunos gobiernos de izquierdas, esos que se autodenominan pretendidamente “progresistas”, son los que normalmente más contribuyen a esta situación con sus medidas presupuestarias expansivas de gasto. Estos gobiernos y los partidos de la supuesta izquierda son paradójicamente los que en la práctica más maximizan los rendimientos e intereses de la banca internacional y de los grandes fondos de inversión. No es de extrañar que un amplio sector del mercado financiero internacional se sienta muy cómodo con este tipo de gobiernos y con los partidos políticos que apoyan dichas medidas. Los gobiernos manirrotos son garantía de pingües negocios para el sistema financiero. Detrás de la deuda pública está el respaldo de los recursos del Estado y además el bolsillo de sus ciudadanos.

Por estas dos razones se comprende fácilmente la nueva huida hacia delante del BCE y la continuación de las medidas expansivas de crédito en la Eurozona. Ni políticos ni banqueros quieren que este juego financiero termine, a pesar de su evidente insostenibilidad a medio y largo plazo. Ambos grupos se benefician de este status quo. Muchos políticos y partidos, sin quizá saberlo, con sus promesas y programas electorales están contribuyendo indirectamente a la consolidación de un modelo ultracapitalista basado en dinero-deuda que nos situará en escenarios de dependencia financiera, pérdida de soberanía y precariedad social sin precedentes. Es responsabilidad de los ciudadanos discernir adecuadamente esta situación y no dejarse embaucar por la seducción de los políticos. Es preciso entender de forma realista lo que hay en juego detrás de los fatuos electoralismos y de las sibilinas políticas monetarias y fiscales que se avecinan.