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Pedro y Pablo

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Alguna vez he hablado del contraste entre la relación del PSOE con Podemos y la de PP/Ciudadanos con Vox. El caso es especialmente interesante porque, en apariencia, fríamente, se trata de dos grandes partidos, los dos grandes partidos habituales de nuestra democracia, enfrentados a un mismo problema: un grupo nuevo que representa sus esencias, lo que algún día pretendieron ser o dijeron ser, antes de que la experiencia del poder les convirtiese en esas cínicas maquinarias de puro poder, esas agencias de colocación premium que son ya.

Pero si el problema es común a los dos partidos que se han turnado en el poder desde la derrota y disolución de UCD, la respuesta a un lado y al otro no puede ser más distinta, tanto en el grupo amenazado como en el grupo amenaza.

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Pedro Sánchez ha sido indeciblemente más astuto y artero. Sí, claro, llamó en su día “populistas” a los de Iglesias, naturalmente. Pero, en general, ha sido con ellos extraordinariamente ‘cariñoso’. No les ha descalificado, ni considerado ilegítimos cuando ha codiciado su apoyo, sino que, por el contrario, ha copiado sus fórmulas y algo de su estilo.

Esta última reunión fallida de Sánchez con Iglesias ha sido la quinta, y en todas se ha mostrado tan cercano con el líder morado, tan a pachas y en amor y armonía que parecía en cada caso dispuesto a abrirle de par en par su corazón. Pero del gobierno, ni las migajas.

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Así, ha conseguido que Pablo dé ante toda su parroquia una imagen patética y tan contraria a la que ha proyectado cuidadosamente en sus inicios como se pueda desear. Le ha paseado ante las cámaras, fondón, aburguesado y suplicante, y le ha dicho sonriente que no, que nada, y que si se pone tonto, convoca elecciones y tendrá más poder y los de morado, menos, que él verá.

La escenificación ha sido perfecta, y la trampa está funcionando, pero no es cosa solo de Sánchez, es que para la izquierda no hay enemigos a la izquierda. Para la derecha, en cambio, todo lo que hay a la derecha es, no solo un enemigo, sino más lejano aún que la propia izquierda.

Para PP/Cs, Vox no es meramente un rival, como UP para el PSOE: es un enemigo mucho más ajeno que el PSOE o, si me apuran, UP. Ciudadanos no teme llegar al absurdo en esto, y su reacción parece, más que meramente irracional y descortés, directamente histriónica. El PP, más cínico, pacta sin problemas, pero nadie le quita la cara de asco.

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Sé que muchos votantes de Vox lo fueron de castigo al PP de sus entretelas, y que los perderá en próximas elecciones probablemente si no cede sus votos sin preguntar y con la mano de la humildad. Pero la alternativa es, sencillamente, vaciar absolutamente de sentido el voto a Vox.

Pero si para muchos politólogos de tibieza liberal y derechismo de ocasión es un desastre que Vox se plante, arriesgando a que vuelvan a gobernar los socialistas aquí y allá, personalmente me parece el resultado óptimo, lo que, siendo inesperado, ofrece la esperanza de que estemos ante algo nuevo. Porque si Vox es simplemente una forma más de oposición al PSOE, entonces sobra. Entonces es, en efecto, una rémora, una redundancia, una distracción. Tendrían razón todos los que hablan de “dividir la derecha”, todos los que claman por un frente unido contra el socialismo.

Pero si Vox tiene algún sentido, si Vox es algo más un ala dura del PP, es porque viene a ser la oposición al consenso, la oposición al espectro entero, a una deriva aparentemente imparable de todos los grupos hacia un pensamiento único, el mismo que se está imponiendo con implacable blandura, si se me permite el oxímoron, en todo Occidente.  

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