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Los perros de Pavlov

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Nunca antes había tenido tantas razones para alegrarme de que España sea ya un país de segunda, lejos de un Estados Unidos o una China, como jamás me había sentido tan aliviado de estar en esa parodia sonriente de la Unión Soviética en que se está convirtiendo la Unión Europea.

Sánchez ha apretado el botón del “pensionazo”, como podía apretar el botón nuclear, como hubiera podido declararle la guerra a Albania días antes de las elecciones.

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Lo que más miedo me da de todo esto, lo que más me deprime, es que algo tan abiertamente demagógico, como el pitido de Pavlov, pueda tener la respuesta esperada en lugar de abrir los ojos de un electorado ante la desvergüenza de un político capaz de cualquier cosa para mantenerse en el poder.

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