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YA NO CUELA

Esa persistente frivolidad

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Basta con pasarse una tarde repasando los programas y posicionamientos del partido desde su fundación para ver un mero seguidismo casi perruno de las ideas del PSOE con unos pocos años, a veces meses, de retraso.

La moderna crisis ideológica es una crisis de diccionario, de usar mal las palabras y de haber olvidado su significado real. Seriedad, por ejemplo. Ser serio se confunde con ser solemne y, realmente, no tiene mucho que ver. Si de algo va sobrada la vida pública es de frívolos solemnes y pomposos.

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Leo que el Partido Popular, desesperado por el espectacular batacazo electoral, se postula ahora en esta nueva campaña electoral -¿hay algún momento en democracia en que NO estemos en campaña?- como el partido ‘serio’ del centro-derecha. A mí eso me parece muy poco serio, la verdad.

El PP es, en realidad, el partido frívolo por excelencia, el partido insustancial, inane, vacío. A uno le pueden parecer muy frívolas las medidas del PSOE, no digamos de Podemos, pero no lo son realmente. Son letales, no frívolas: van todas en una dirección, la dirección anunciada; hacia una meta, la meta fijada. Lo suyo es espantosamente serio.

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No así el PP. El PP no tiene meta, ni proyecto ni nada en absoluto, solo ambición. Y ni siquiera una ambición grandiosa, de quien quiere rehacer el mundo y la sociedad según su criterio, sino la ambición mezquina del trepa, del segundón, del delegado de clase. Lo que hoy piensa no lo pensaba ayer y, con toda probabilidad, no lo pensará mañana. Basta con pasarse una tarde repasando los programas y posicionamientos del partido desde su fundación para ver un mero seguidismo casi perruno de las ideas del PSOE con unos pocos años, a veces meses, de retraso.

Dicen los candidatos ‘populares’, por contraposición, que lo de Vox es “una moda”, imaginamos que en el sentido de pasajera. Yo no tengo ni idea de si Vox en concreto será una moda o un calentón pasajero; no puedo decir si el partido verde cumplirá sus expectativa o se desinflará. No tengo una bola de cristal ni creo que los partidos sean agrupaciones de impecables. Pero parece muy evidente que lo que está detrás de Vox no es una moda, sino algo que crece como reflejo de un cambio profundo en la sociedad, casi como una cuestión de emergencia civilizacional.

Ayer en La Sexta, Carmen Morodo, de La Razón, se escandalizaba con la candidata ‘pepera’ Díaz Ayuso por su posición ‘moderada’ sobre el aborto, asegurando que «su opinión pone los pelos de punta en el PP». ¿Se acuerdan cuál era la postura del PP sobre el aborto hace diez años? ¿Hace veinte? Si la ‘evolución’ consiste en acabar dando la razón al PSOE en todo lo importante, ¿por qué no disolverse y pedir directamente el voto para los socialistas?

La propia Díaz Ayuso se opuso a la postura de Vox sobre el Día del Orgullo Gay diciendo que “el Orgullo” se debe quedar donde está, ocupando todo el centro urbano. Así, el Orgullo, porque al parecer el sustantivo basta, que ya sabemos de qué hay que estar orgulloso y de qué hay que avergonzarse. Para el PP, de ser de derechas, fundamentalmente.

Ayer, en una comida familiar, uno de mis parientes se preguntaba cómo es posible que una mayoría relativa de españoles puede votar a Sánchez, con sus medidas radicales, y la respuesta es, creo, doble: la gente es enormemente conservadora en su voto, y no piensan en Sánchez si no en el PSOE al que han votado siempre; y el voto del miedo funciona, como dice Aurora Pimentel, “de miedo”.

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Y eso es exactamente lo que explica la pervivencia del PP, siendo un partido que no representa ninguna idea en concreto. Lo vota -o votaba- gente que defiende cosas concretas de las que el PP está ya alejadísimo, cosas que incluso le avergüenza haber postulado alguna vez. Pero muchos de sus votantes siguen fiándose de las siglas que han votado siempre y temen a los otros con pánico irracional.

De hecho, toda la patosa reacción de Casado y compañeros mártires al batacazo electoral no es rectificar, sino seguir con la tarabita de la ‘unidad de la derecha’ -bajo su égida, naturalmente- y la postura entre asombrada e indignada de quien ha sufrido un robo: ¡esos votos eran SUYOS!

Ese es el cambio serio, darse cuenta de que los votos no son propiedad inalienable, que ya no vale contar con ellos haciendo lo contrario de lo que demanda el electorado. Y eso sí es serio, muy serio.