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YA NO CUELA

¿Quién me presta una escalera?

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Ya he visto a la derecha expulsada de un auditorio subirse a una escalera en plena calle y dar su discurso con un megáfono ante un público espontáneo y entregado. Ya puedo morir en paz.

¡Ah, qué tiempos para estar vivo! Una cosa es teorizar que la derecha es la nueva subversión, la nueva contracultura, los nuevos parias políticos, y otra muy distinta verlo en acción, tan recortado sobre el fondo, tan deprisa y tan claro que parece el giro de guion de un bromista genial.

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Cuando surgió con fuerza Podemos en el horizonte político español, los chicos de morado llegaban vestidos de pureza revolucionaria. Eran, si se quiere, una sorpresa, pero una sorpresa a juego con lo que nos llevaban décadas contándonos en aulas y salas de cine y de concierto.

Todo se ajustaba tan bien a una pieza de teatro paleomarxista, el atrezzo era tan exacto, las declaraciones tan fieles a un musical de la revuelta, los gestos tan esperablemente inesperados, estudiadamente espontáneos, que ni siquiera el nulo talento interpretativo de muchos de los figurantes arruinaba el efecto: eran los de abajo, los oprimidos, los olvidados, los sin voz, y con ellos llegaba la revolución.

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Solo había un detalle, un pequeño problema, una minucia: el verdadero poder estaba con ellos. No es eso lo que suele suceder en una verdadera revuelta, ¿verdad? Los grandes medios, empresas propiedad de financieros y gente muy rica, les agasajaban hasta el servilismo; un visitante extranjero que no supiera una palabra de español y zapeara con el mando en esos primeros días de vino y rosas hubiera concluido que Pablo Iglesias era un presentador pluriempleado.

Les invitaban a todas las galas, aparecían en todos los saraos, pero, mucho más importante, la mercancía política que vendían era exactamente la misma que nuestra cultura y nuestro estamento educativo lleva vendiéndonos varias generaciones. La izquierda se había convertido en el PRI, el Partido Revolucionario Institucional, y, mandando con mano de hierro, conservaba el disfraz verde oliva de la vanguardia revolucionaria.

Si buscan un grupo silenciado, un ‘colectivo’ demonizado y censurado con unanimidad, una revuelta de verdad, un movimiento que todos los que cuentan odian y tratan de fumigar y se sostiene con la fuerza de la gente corriente y con bastante imaginación democrática, miren en dirección opuesta. Y no, no me refiero al PP, al ‘payaso de las bofetadas’ que, al menos, ha comprado con el servilismo su derecho a estar en el escenario, sino a un partido capaz de unir a todos los demás, y a medios e instituciones académicas y culturales en su intento de detenerles como sea.

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Iván Espinosa de los Monteros dio ayer una charla -ni siquiera un mitin: una charla ‘programada’- subido a una escalera en un parque, después de que le cancelaran 48 horas antes la que tenía previsto dar en mejores condiciones, en un cómodo y muy burgués auditorio. Hablando de imagen que vale por mil palabras.

El dirigente de Vox iba a dar una conferencia sobre, de todos los temas posibles, la libertad en su alma mater, la facultad de derecho de ICADE, promovida por un grupo de alumnos. Ya tenía fecha pero, 48 antes, al rector se le doblaron las piernas y la canceló por las bravas. Y Espinosa anunció vía redes sociales que la daría igualmente en la puerta, con un megáfono y una escalera. Una escalera. Es tan hermoso ese contraste entre la escalera de Iván y los cálidos estudios de Iglesias.

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Ya he visto a la derecha expulsada de un auditorio subirse a una escalera en plena calle y dar su discurso con un megáfono ante un público espontáneo y entregado. Ya puedo morir en paz.