TRIBUNA

Recuperar la política

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La política actual, con sus formas degradadas y degradantes, no atrae ni a personas de bien ni a profesionales valiosos.

La actualidad política nacional parece haberse quedado inmersa en disputas ontológicas de difícil resolución a corto plazo pero también, y lo que es más grave, sumida en cuitas y polémicas estériles, viscerales o triviales que nos alejan de una necesaria e ineludible regeneración social. El periodismo de máxima audiencia y por tanto de mayor influencia social está dominado por un oligopolio de grupos mediáticos sometidos a la dictadura impuesta, a su vez, por unos pocos e influyentes financiadores y anunciantes. Entre todos ellos retroalimentan esta dinámica habitualmente reduccionista, poco cualitativa y éticamente descendente. No se pueden obviar tampoco las servidumbres que conlleva la publicidad institucional, un factor que igualmente condiciona y perjudica la objetividad informativa cuando de ella depende la supervivencia económica de un medio.

La combinación de estos elementos hace que los asuntos cruciales para el día a día de los ciudadanos pasen a un segundo lugar y los más intrascendentes, sin embargo, se propaguen estridentemente porque mantienen al público distraído y enredado con el consumo adictivo de una mercancía política morbosa e infecunda que neutraliza cualquier atisbo de contestación social, constructiva y ordenada. No pocos profesionales de la información renuncian incluso a los mínimos de su deontología y hacen directamente de la deformación y adulteración de la realidad política su modus operandi, impidiendo que la opinión pública se forme un juicio crítico y ecuánime sobre los grandes temas que nos afectan como ciudadanos, que son muchos, complejos y profundos. La desorientación general y el desconcierto masivo que hoy podemos apreciar en la vida pública, aturdida por las redes sociales y por cuantiosos mercenarios de la (des)información, imposibilitan en buena medida que se canalicen racionalmente consensos y disensos sobre cuestiones relevantes que nos incumben a todos.

De hecho, la frecuente y creciente baja calidad formativa e incluso moral de no pocos políticos y periodistas guarda una cierta concomitancia con la escasa cultura política de un sector nada desdeñable de nuestra sociedad. Pero también con una actitud de poca exigencia, generosidad y compromiso de los grupos sociales más cualificados y dinámicos, por ejemplo, profesionales con trayectorias de prestigio en áreas alejadas de la política o la gestión pública, pero que poseen una acreditada experiencia y una valiosa visión internacional en múltiples disciplinas y que indudablemente podrían beneficiar a la cosa pública, a la recuperación y mejoramiento de la política. Este vacío, que no ocurre en otros países de nuestro entorno que saben seleccionar, formar e incentivar mucho mejor a sus dirigentes y candidatos a líderes democráticos, es llenado habitualmente por mediocres y arribistas, quiénes al final medran y trepan en los aparatos partitocráticos, ansiosos por pisar la moqueta y autorrealizarse mezquinamente. La política circense o de vodevil acaba espantando, obviamente, a personas válidas que se han labrado un futuro profesional con mucho esfuerzo, mérito y constancia. La política actual, con sus formas degradadas y degradantes, no atrae ni a personas de bien ni a profesionales valiosos.

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La falta de una auténtica vocación de servicio y de preparación técnica suficiente para la gestión pública de una gran parte de nuestros responsables políticos incide y potencia el gregarismo, los clanes tribales y la creación de redes clientelares y parasitarias de las instituciones. La acción política pasa a concebirse como un fin en sí misma y no como un medio para bienes superiores y comunes. La fidelidad perruna a los líderes se impone sobre el criterio propio y los principios morales. El debate público pasa a girar en torno a la difusión de consignas y mantras con los que alimentar la polémica y la desunión artificial de los ciudadanos. Todo se justifica con tal de seguir en el ruedo. La impericia y falta de voluntad real para solucionar los verdaderos y graves problemas socioeconómicos de España se disimulan con una teatralización desmesurada y con mucha mercadotecnia politiquera que se recrea en lo epidérmico, en fraseologías y eslóganes, y en ocurrencias grandilocuentes y ampulosas. Se exacerba lo accidental y lo incidental, lo emocional y lo sentimental. En estas condiciones ambientales resulta muy complicado adoptar decisiones políticas audaces y acertadas como sociedad. Una democracia parlamentaria y representativa como la nuestra, aunque sea todavía bastante inmadura, no debería operar tan marcadamente bajo los instintos primarios de la psicología de masas excitada por los laboratorios ideológicos, empresas demoscópicas y otros aprendices de brujo en forma de lobbies, think tanks e ingenieros sociales.

En España nos hemos aclimatado dócilmente a la persuasión política, al cortoplacismo y engatusamiento populista

A diferencia de otras naciones europeas, España ha carecido últimamente de estadistas. El liderazgo, autoridad y carisma del estadista consiste en explicar a los ciudadanos, sean o no sus electores, lo que no siempre éstos estarían dispuestos a escuchar o asumir, porque aquel está en condiciones de anticiparse al problema, de observarlo y entenderlo con mayor perspectiva que el común, al mismo tiempo que tiene la fortaleza y el coraje de proponer soluciones que pueden implicar renuncias en el presente para obtener un provecho en el futuro. A falta de estadistas, en España nos hemos aclimatado dócilmente a la persuasión política, al cortoplacismo y engatusamiento populista. Nos hemos adocenado en la indolencia hasta el punto de dejar que nos secuestren diariamente la política unos sujetos que no están a la altura de las circunstancias y a los que casi todo les viene muy grande, comenzando por los cargos que ostentan y los honores que se les tributan. Nos hemos vulgarizado en la desidia, acostumbrándonos a que gran parte de los políticos construyan sus discursos y programas demagógicamente, a golpe de encuestas y titulares, a que nos adulen y jueguen sentimentalmente con nosotros a través del Boletín Oficial del Estado, prometiendo impunemente lo que no pueden cumplir, al mismo tiempo que usufructúan desvergonzadamente sus bicocas, canonjías, momios y demás sinecuras y prebendas.

En España necesitamos más que nunca recuperar la política, quitar la hojarasca que hay sobre su patética actualidad, dejar de distraerse con las nimiedades rutinarias que nos sirven los mass media y centrar la atención, decididamente, en lo fundamental, en los asuntos esenciales para nuestra vida en sociedad que exigen una urgente solución colectiva.