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Sociedad suicida

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Habrán conocido la noticia de la muerte de Noa Pothoven, la adolescente holandesa de 17 años, que habría sido violada en su infancia por un primo y fue incapaz de superar el trauma que también se agravó con una anorexia. Al parecer acabó quitándose la vida con la ayuda de sus padres y conocimiento de la una política holandesa. «Iré directo al grano: en un plazo máximo de 10 días, moriré. Después de años de luchar y pelear, francamente estoy agotada. He dejado de beber y comer por un tiempo, y después de muchas discusiones y evaluaciones, decidí acabar con todo, porque mi sufrimiento es insoportable», escribió la chica antes de poner en práctica su plan.

En Holanda la eutanasia es legal a partir de los 12 años (entre los 12 y los 16, debe hacerse con consentimiento de los padres), siempre y cuando un médico dictamine, tras las oportunas preubas, que el sufrimiento es insoportable e irremediable. Pothoven se puso en contacto con la Clínica Levenseindekliniek, un centro privado holandés que practica la eutanasia desde hace seis años. Al ser rechazada por la clínica, la joven decidió suicidarse de inanición.

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Inicialmente se dijo que se le había aplicado la eutanasia, lo que ha servido a los medios progres para difundir que estamos ante una fake news, pese a que, según parece, los padres consistieron que Noa pusiera fin a su vida e incluso una diputada holandesa estaba al tanto y se reunió con la adolescente antes de su fallecimiento.

Tranquilos, que sólo se ha tratado de un suicidio asistido. Cómo si moralmente fuese muy diferente mirar sin hacer nada mientras una persona se deja morir de hambre, se toma un coctel mortal de barbitúricos o se cuelga de una viga, en vez de suminístrale el veneno o pegarle un tiro uno mismo. Omisión y acción conducen al mismo resultado, que no es otro que el suicidio, ya se cometa de propia mano, asistido o a través de la eutanasia activa.

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La crisis humanística occidental nuevamente se pone de manifiesto con este caso, un rotundo y monstruoso fracaso de una sociedad que asiste con una conmiseración imbécil a la muerte de una adolescente a la que no supo brindar mayor ayuda que mirar mientras se suicidaba.

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