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TRIBUNA

Sonreír de lejos a los árboles…

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Un grupo de ejecutivos engominados piden cafés y tostadas con aceite y tomate. Un camarero sale a gritos a espantar las palomas que se posan sobre las mesas y en las cabezas de las señoras recién rociadas de laca Elnett. Le interrumpe el repartidor de Amazon que, cargado de cajas, casi se lleva un manotazo del camarero espantapalomas que parece un molinillo en pleno frenesí. El repartidor ya venía calentito porque casi choca su camión con el del repartidor de cervezas al que unos reporteros de televisión entrevistaban sobre ¡cómo-se-ponen-de-gente-los-bares-con-la-Semana-Santa-y-de-paso-a-quién-va-usted-a-votar! Las palomas vuelven. ¿Comparten las tostadas de los ejecutivos? Comparten. Compruebo que sólo somos un público cansado, más o menos atónito, o más o menos apabullado por la función que unos pocos mantienen en constante representación.

Con el paso del tiempo creo que cada vez entiendo más y comparto menos. Por suerte, aún quedan sitios con encanto como este bar para escribir atropelladamente al límite de la hora o al que acudir en un descanso. Un café solo y aprovecho para leer los periódicos. Hace años era el único local que abría a las 6:00 de la mañana para tomar un café. Coincidían aquellos que iban a trabajar con los que volvían ya para acostarse. Camino a la cafetería he visto que proyectan Ciudadano Kane y pienso en la cantidad de artistas que empiezan su nombre con k: Kandinsky, Klimt, Klee, Klein, Kiefer, Kooning, Kapoor, Koons, Kusama, Kafka, Kundera, Kavafis, Kipling, Khan, Koolhaas, Kurokawa, Kubrick, Kazan, Kurosawa, Kiarostami, Kusturica, Kieslowski…

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Artista el arquitecto Martínez Gadea. Dieter Urban lo destacó hace poco en Novum Gebrauchs Graphic, también, como uno de los principales diseñadores gráficos de España. Me hace un repaso vital rapidísimo. Como un buen vino, viajar, si eliges bien, no falla. Gadea nació en Madrid, aunque toda su familia es murciana, “mi padre, que era abogado, estudiaba allí periodismo. Al terminar lo nombraron redactor jefe del diario Línea y nos fuimos a Murcia. Estudié en las Luisas, las monjas más bonitas por su cornette blanco plegado hacia arriba, insuperable”. Con cuatro años, más viajes: “A Lérida. Mi padre empieza a dirigir La Mañana y cuando llevo tres o cuatro años allí dejo a mis amigos porque nos cambiamos otra vez; ahora a Jerez de la Frontera, a dirigir Ayer y vuelta a empezar de nuevo, con otros amigos”. La infancia, inolvidable: “Para jugar a policías y ladrones nos hacíamos los Colt 45 de barro y los pintábamos con purpurina”. Dos años después otra vez a Murcia, “a empezar con otros amigos, a hacer teatro en las azoteas, donde El Jalisco pintaba con tiza los asientos en el suelo y cobraba la entrada, ‘pagable’ con cualquier papel. Me aprendí de memoria miles de películas, repetidas durante años y años, en invierno y en verano”. Gadea proyecta, dirige, pinta, dibuja… “No paraba de dibujar y además devoraba tebeos. En todos estos sitios también tuve profesor particular de música y otro de pintura. De manera que tenía la cabeza como un bombo”. Me apunta la importancia de observar: “Examinar atentamente con intensidad, para ver. Pero también mirar escaparates tranquilamente y sonreír de lejos a los árboles, como Blas de Otero”. Y le pregunto por sus paraísos y me lleva siempre a Galicia: “Paraíso lejano-cercano. En la aldea tenemos 24º cuando en Murcia estamos a 40º”. Y, admira y le divierte cómo aplican para todo, “sus Leyes de Murphy propias del tipo ‘A mellor leña está onde non entra o carro”.

La tele en el bar sigue empalmando tertulianos a gritos con la Pantoja Rock & Roll Star. Todo es buscarle la gracia a la cosa. Le hago caso a Martínez Gadea con aquello de Magritte, que es absurdo perseguir teorías cuando lo que importa, al final, es el encanto.

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