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La subasta

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Empieza la subasta. Otra vez. Es casi inevitable que la democracia acabe así, en un mercadillo donde los chamarileros te revenden lo que tú has pagado, descontando sustanciosos gastos de administración, que nadie vive del aire.

Hay un viejo dicho según el cual, si quieres perpetuar un problema debes montar una comisión que lo ‘solucione’. Desde que la modernidad certificó la muerte de Dios, el Estado es Dios, y de él se espera todo, cualquier cosa. Nos reímos mucho de ese supuesto ‘Ministerio de la Felicidad del Pueblo’ que es fama, no sé si infamia, que creó o quiso crear Nicolás Maduro, pero ya todos los ministerios, el Estado todo, toda la Administración, son un Ministerio de la Felicidad del Pueblo.

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Hasta los pelos de vuestras cabezas están contados por el Instituto Nacional de Estadística y ni un humilde gorrión muere sin que se le pueda echar la culpa al ministerio correspondiente.

No hay resquicio que escape a su vigilante omnipotencia, ni capricho que no quieran complacer para nuestra dicha, aparentemente convencidos de que sin su providente supervisión no sabríamos ni atarnos los zapatos.

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En definitiva, cuando un político envida más en la puja de su escaño con medidas y visiones no más elevadas que una topera está haciendo explícito lo mucho que nos desprecia. No sin razón, porque la respuesta suele ser la de esclavos satisfechos, la de adolescentes mimados y crédulos que por pedir, que no quede.

Hagamos una ley. No, mejor, una agencia nueva, que a las tropas hay que pagarlas y la Roma de Cicerón no tiene nada que enseñarnos en punto a clientelismo. Pero ya hay demasiadas agencias e institutos, e incluso en ellos se espera del cuñado que finja hacer algo. De ese cálculo nacieron los observatorios, donde los colegas y familiares pueden hacer menos daño.

Estamos oyendo estupideces en forma de oferta electoral que superan las posibilidades de un catálogo de disparates, aún fiados en que el nombre sea la cosa y que las declaraciones, como las palabras del Yahvé del Génesis, tengan en sí mismas poder creador.

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Qué demonios, el espectáculo debe continuar.