YA NO CUELA

Tiempos de chalaneo

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Del ex presidente Rajoy ha dicho el Gobierno que viajaba igual que Sánchez en el Falcon, pero con cargamento extra de vino y whiskey. Bueno, no podía hacerlo todo mal.

El drama de la derechita, lo que la hace más conmovedoramente patética que meramente odiosa en su constante traición a sus bases, no es meramente que corra detrás de la izquierda buscando su aprobación y consagrando sus medidas, sino que nada de todo este esfuerzo le libra de la acusación de fascismo y del odio de nuestra cultura, en sentido amplio.

Recuerdo, con Zapatero, manifestaciones callejeras multitudinarias contra el PP. Una manifestación tiene mucho de revuelta controlada, de amago airado, por lo que no deja de resultar cómico una organizada, no contra quienes mandan, sino contra sus enemigos. La broma tiene un delicioso toque soviético.

Lo han repetido ahora los taxistas, que escrachean y acosan a un partido que ya no manda ni en el Estado ni en las grandes ciudades. Uno entiende la rabia del gremio, que quiere parar el mundo porque se sienten estafados. No es mero neoludismo, como se pretende. Su contrato con la Administración les prometía un monopolio por el que han pagado, y ahora lo ven convertido en papel mojado, y pierden la razón que pudieran tener enfureciendo a sus clientes potenciales.

Es, en lo demás, tiempo de cesiones y compromisos. Pablo, el Pablo nuestro de cada día que, puestos a elegir entre la apacible vida de la alta burguesía y la revolución ha pretendido quedarse con ambas, ha tenido que ceder al órdago de su segundo (o tercero, o cuarto) y tragar con que sea su candidato para el ayuntamiento de Madrid tras haberle abandonado por Carmena. No sé qué puede haberle ablandado, si los tiernos cuidados de Irene, el esplendor en la hierba suburbana o la apremiante necesidad de pagar la hipoteca, pero el piolet tendrá que esperar.

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Otro que pide árnica es Maduro. Lo de Venezuela es lo que la policía llama ‘situación con rehenes’, una escena que en tantas películas acaba como el rosario de la aurora. Ahora dice que negociará hasta con el diablo, y sospechamos que se refiere a Trump. La sombra de Gadafi es alargada, y ningún tirano de hojalata quiere acabar sodomizado por un machete cuando puede optar por un plácido y opulento retiro.

Mientras, el partido revelación, Vox, está en ese dulce momento, esa luna de miel con el electorado en la que puede relajarse y ahorrar en la seguridad de que sus enemigos le seguirán haciendo la campaña. Es como el forastero que llega a un pueblo lleno de oscuros secretos sobre los que nadie hablar, y con su sola presencia obliga a cada personaje a retratarse ante todos y a sacar lo peor de sí. Las medidas de Vox son muy opinables; las reacciones que provoca, menos. Viene a romper la omertà, la conspiración de silencio sobre tantas cosas, y eso es siempre un alivio.

Del ex presidente Rajoy, el producto acabado de esa derechita que ha pasado décadas tirando los muebles por la ventana, ha dicho el Gobierno que viajaba igual que Sánchez en el Falcon, pero con cargamento extra de vino y whiskey. Bueno, no podía hacerlo todo mal.