TRIBUNA

Huelga de cerebros

Imagen de la huelga feminista / Flickr CC David Karvala 'Feminista' Imagen de la huelga feminista / Flickr CC David Karvala 'Feminista'
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Les preocupa mucho el heteropatriarcado patrio, pero no les ofende en absoluto que el islam trate a las mujeres como ciudadanas de segunda clase frente al varón

Entendemos perfectamente que la izquierda más radical de Europa, la española, huérfana de proletarios que redimir, busque otro colectivo que agitar por bandera. La gastada lucha de clases es reemplazada por el feminismo, y el malvado burgués, el enemigo de clase del proletariado, es sustituido por el malvado macho, enemigo de género de la mujer.

Pero lo cierto es que nadie con un mínimo de honestidad intelectual podría afirmar que la discriminación de las mujeres en las sociedades occidentales de hoy en día supone algo más que un problema engordado artificialmente. En otras culturas, especialmente las de raíz musulmana, se podría afirmar otra cosa, pero curiosamente las feministas guardan un sepulcral silencio al respecto. Al parecer les preocupa mucho el heteropatriarcado patrio, pero no les ofende en absoluto que el islam trate a las mujeres como ciudadanas de segunda clase frente al varón.

El 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, debería servirnos para reflexionar sobre las consecuencias de la incorporación de la mujer al mercado laboral, una auténtica revolución social que ha modificado tanto los parámetros de la esfera económica como los de la esfera privada, familiar y personal. Pero no. El 8M sólo servirá para encontrarnos ante el sectarismo político, un griterío de falso victimismo, chabacanas consignas y nula racionalización sobre el papel que la mujer debe desempeñar en una sociedad de la que, tanto hombres como mujeres, son partes indispensables, no como individuos aislados, sino como parte de una comunidad.

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El feminismo radical que saldrá a la calle el 8M defiende un discurso que repudia la figura de la mujer como madre y considera que la familia es producto de la esclavitud a que el patriarcado la somete. Cuando se llega al punto de afirmar sin ningún rubor que la realidad biológica es una falacia naturalista, de tal manera que hay que luchar contra el hecho reproductivo, lo que se pretende es una descabellada rebelión contra la naturaleza misma del ser humano.

Si desde la izquierda fuesen capaces de menos fanatismo y más reflexión crítica, además caerían en la cuenta de que este feminismo radical, que ataca a la familia y repudia la maternidad, contribuye a la fragmentación social y a la creación de Individuos desarraigados. Miel sobre hojuelas para ese capitalismo salvaje que dicen combatir, pero al que, ya lo advirtió Passolini, en realidad ayudan a encumbrar.

La mujer y el hombre asexuados, el igualitarismo absoluto que persigue la ideológia de género, pertenecen en realidad a una cultura mercantilista que apuesta por la divinización del propio yo, instrumentalizando el amor, las relaciones afectivas y el sexo, para alimentar el sueño que confunde una felicidad personal con un bienestar material individual, que conduce a la desestabilización del basamento cultural y también económico sobre el que se asienta la familia. Lo que paradójicamente acaba deshumanizando al individuo privándole de su relación natural con el otro sexo.

La familia es la comunidad natural que sirve de base a la sociedad y desempeña un papel esencial en la formación y desarrollo de la persona, por no hablar de que constituye un núcleo de convivencia y solidaridad más allá de cualquier concepción sobre el rol social que han de desempeñar sus miembros. Por ello, las reivindicaciones feministas del 8 de marzo importan bien poco, porque el auténtico desafío del futuro en una sociedad como la española, con un paro descomunal y con una población cada día más envejecida, es el de cómo vamos a asumir el cuidado y la atención a la familia, un reto y una tarea compartida por igual por varones y mujeres.