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Las urnas y el ADN

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Es un poco agotador tener que repetir lo evidente, pero también necesario: ni el fascismo ni el nazismo existen, y todo el mundo con dos dedos de frente lo sabe. Y no es a pesar de eso, sino precisamente por eso por lo que todo el mundo llama fascista y nazi a todo el mundo, porque son dos ideologías que ardieron hasta las cenizas en la colosal pira de 1945. Aunque surjan regímenes dictatoriales no serán fascistas; aunque aparezcan ideologías racistas, no serán nazis, porque la dictadura es vieja como la tos y no una invención de Mussolini, y el racismo e incluso el antisemitismo no son exactamente innovaciones del régimen nacionalsocialista.

Pero ambas ideologías viejas y descartadas perdieron en la guerra más devastadora de la historia, y eso es lo que las hace, más aún que su perversidad, insultos ideales y descalificaciones suficientes en política. Y no deja de ser curioso que al repartirlas con pasmosa liberalidad no importen en absoluto las semejanzas, sino que se dé a menudo el caso de que quien las usa se encuentre más cerca que el insultado del término que emplea.

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No existe nazismo, repito, pero nadie ha expresado en el debate político convencional un concepto tan aproximado a la cosmovisión nacionalsocialista como el moderadísimo y muy europeo y abierto y progresista Ciudadanos. Ha dicho su cabeza en Aragón, Daniel Pérez, que existen «diferencias genéticas» entre los de su partido y los de Vox. No diferencias políticas, lo que sería obvio, ni siquiera morales, lo que resultaría ya abusivo, sino ‘genéticas’.

Ignoramos a esta hora cuál es la zona de la cadena de ADN afectada, o si dicha sima genética convierte a los de Cs y a los de Vox en especies diferentes de homínidos, de modo que resulte estéril el apareamiento entre un macho de Vox y una hembra de Ciudadanos; aún se requieren nuevos estudios en este fascinante sector de la genopolítica.

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En realidad, lo que ha hecho este Pérez -que, entre nosotros, no parece ser la bombilla más brillante de la caja- con su atolondrado comentario es teñir de cientifismo cutre un concepto que lleva décadas ganando fuerza en nuestra vida democrática. Me refiero a ese determinismo tácito, a ese calvinismo ideológico originario de la izquierda que divide a la humanidad en categorías predestinadas e incomunicables de Réprobos y Electos, siendo los primeros los que no pueden hacer el bien en ningún caso y los segundo, quienes están fatalmente marcados para la virtud. Todos recordamos, con la bienhumorada calidez con que se recuerda un chiste genial, el sermón teológico en el que Alberto Garzón, ese trofeo parlante en el pabellón de caza de Pablo Iglesias, explicaba con paciencia que un izquierdista no puede delinquir, porque si delinque, no es de izquierdas. Como queríamos demostrar.

Que este tipo de esencialismos dinamita la democracia es bastante obvio. En la explicación de Alberto, al ser patrimonio del alma la diferencia, resultaría algo más arduo de determinar; pero en la de Pérez bastaría un examen genético del electorado para ahorrarnos urnas. Así como uno tiene RH Negativo o propensión a la diabetes, tendría también la fatal querencia de votar por Ciudadanos o la tara cromosómica que le forzaría a elegir la papeleta de Vox.

Ahora, lo realmente gracioso del asunto es que nunca como ahora habían sido los partidos formaciones ideológicamente tan amorfas e intercambiables. Casi todos los partidos de nuestras democracias -incluyo aquí a Europa Occidental entera- son ya como esas marcas de café o de papel higiénico que se esfuerzan por diferenciarse en la publicidad y el empaquetado para fidelizar clientes, porque no dejan de ser, en todos los casos, o café o papel con escasísimas o nulas diferencias.

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No es como si hoy los partidos socialistas aspiraran a nacionalizar los medios de producción, o los liberales a renunciar a toda intervención económica. Incluso con las diferencias en la constitución biológica innata de los individuos que sugiere Pérez, éstas tendrían que aguzar hasta el paroxismo nuestro olfato para apreciar alguna diferencia significativa y sustancial entre los grandes partidos del espectro.

Vox podría ser una excepción. El comunismo lo es, sin duda. De hecho, los partidos de izquierda radical, tipo Podemos, tienden genéticamente a la reproducción por bipartición, y ahora están en pleno parto, pasándolas moradas.