Doce meses después, las heridas siguen abiertas. Lo que se vivió entonces no ha cicatrizado, y las responsabilidades siguen repartiéndose con demasiada ligereza. Porque, aunque se intente ocultar bajo el ruido mediático, muchos de los errores vinieron desde el propio Gobierno central. No todo fue culpa de la Generalitat, por mucho que algunos quieran cargar el peso sobre Valencia. La gestión fue torpe, la comunicación confusa y la coordinación entre administraciones, inexistente. Mientras tanto, el Ejecutivo aprovechó cada oportunidad para sacar pecho… incluso en los momentos más delicados. Hoy, cuando el relato oficial intenta cerrar el capítulo, la realidad es otra: las heridas siguen ahí, abiertas, y la confianza de los ciudadanos, cada vez más erosionada.
