Hace un año, la DANA arrasó pueblos enteros, carreteras y cosechas. Pero lo que más dolió no fue la lluvia… sino el silencio. El silencio de unas instituciones que prometieron volver y nunca regresaron. Mientras los políticos se hacían fotos entre el barro, los vecinos se organizaban solos: pala en mano, ayudando al de al lado, sin pedir nada a cambio. Fue el pueblo quien limpió las calles, quien repartió agua y comida, quien sostuvo la esperanza cuando nadie más lo hacía.
