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La Navidad y el Día de la Constitución

La Navidad y el Día de la Constitución

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Vivimos en una democracia laica (laica, laica, laica: repítanlo cien veces), y las fiestas las impone el poder político que, por democrático, es como si nos las impusiésemos nosotros mismos. Nosotros, el pueblo.

Porque, oficialmente, la Constitución exige el grado de reverencia de un texto religioso, de unas tablas de la ley que nos ha dado el único dios posible en una democracia laica, laica, laicísima: nosotros mismos, el pueblo.

Pero todo lo que he escrito hasta aquí es falso hasta el ridículo; cualquiera puede abrir los ojos y verlo. No vivimos en una democracia laica porque el laicismo, en el sentido de un poder político neutral frente a cualquier visión del mundo, no solo es absurdo a priori, porque no podría aprobar una sola ley, sino que comprobamos a diario la existencia de verdades oficiales que es obligatorio profesar y que no son en absoluto evidentes en sí mismas, más bien al contrario.

Lo que me interesa aquí es la palabra ‘democracia’. Significa algo tan sencillo como que es el pueblo el que manda, y si esto es igualmente imposible en un sentido, no lo es en otro. Es imposible que el pueblo decida por mayorías en cada asunto que se plantee en la esfera pública. Sí es posible, en cambio, que lo popular se vea representado en sus instituciones, y eso es precisamente lo que no sucede.

El ejemplo perfecto es el de las fiestas. Una fiesta religiosa debería considerarse antidemocrática mientras que una fiesta laica se juzgaría, prima facie, como emanación de la voluntad popular. Pero ahora comparen la popularidad de las fiestas reales, comparen el espíritu festivo que reina en el día en que escribo esto, Día de la Constitución, con el que domina en otra ajena a este o cualquier otro Estado como es la Navidad, no lejana.

El Día de la Constitución es una fiesta impuesta por el poder al pueblo, y por eso es una fiesta muerta, desangelada, sin tradiciones particulares ni presencia en los hogares, mientras que la Navidad es una fiesta impuesta por el pueblo al poder político, una fiesta desde abajo, y es así una fiesta real, inerradicable, abarrotada de usos cuyo origen es a veces difícil o imposible de rastrear y que no pueden achacarse a autoridad oficial alguna, desde los belenes a los villancicos.

Uno puede tener la mejor opinión de un texto legal, pero no deja de ser un texto legal, como la Ley Hipotecaria, y es difícil tirar la casa por la ventana o iluminarla para celebrar su nacimiento. En cambio, incluso para quien sostenga que la fe es un conjunto de mitos absurdos es difícil no conmoverse, siquiera inconscientemente, con la idea de todo un Dios que se hace hombre y nace en un establo.

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