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La ruta de la seda V: Explorando Kashgar

La ruta de la seda V: Explorando Kashgar

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Habíamos llegado a Kashgar, la capital universal de la ruta, una ciudad-oasis bien regada por el río Kashgar que desciende de la confluencia de los Pamires con la cordillera Tienshan, las montañas celestiales.

Historia y Etnografía: Raíces de la Ciudad

Kashgar o Kashi, término uygur, la lengua de la etnia dominante de origen turco y asentada en estos territorios desde la noche de los tiempos. Esta etnia habitaba el centro del triangulo siberiano y kazajo limitado por la cordillera del Altai, al norte, del desierto del Kizyl Kum al oeste y la cordillera del Karakoram por el sur; en el medio el altiplano de Zhungaria, los Pamires y la cordillera celestial. Una zona de montañas elevadas y estepas de clima continental. El llamado Techo del Mundo, con mayúsculas.

Dos palabras no obstante sobre estas etnias. Lo primero es aclarar que se trata de los descendientes de los arios primitivos, emigrados desde el Valle del Indo cuando la glaciación empieza a ceder. Son por tanto la esencia de la raza blanca que, aunque hoy sea mayoritariamente de religión islámica, abrazada o impuesta durante el dominio califal de los siglos VII al XVI, son en gran parte nuestros antecesores de la llamada cultura occidental. Y no hay que confundirlos con los pueblos semíticos, también de mayoría musulmana, aunque estos también se originan y migran desde el Indo, en este caso la zona media y sur. Los primeros conquistan las estepas al norte de los Himalayas, mientras que los segundos se mueven hacia el oeste y establecen la cultura sumeria, la primera que doma cereales y animales y se hace sedentaria. Sus primos del norte se ven obligados a ser nómadas ganaderos por razones de clima y la dureza invernal. Ya desde la vigencia del Imperio Romano se mueven hacia el oeste, al calentarse el clima, y se convierten en las razas caucásicas que dominan Persia y Anatolia, las estepas rusas e incluso cruzan el Bering, ya devenidos mongoloides, para poblar el continente americano. Cuando decae el Imperio Romano estas razas invaden los confines romanos y acaban por imponerse, mezclándose las dos con las razas mediterráneas y forjando los pueblos del mar y de toda Europa. Se trata de los distintos pueblos barbaros que asimilan la cultura romana: celtas, suevos, vándalos, hunos, godos y demás. Todos ellos hablaban lenguas uraltáicas que perviven en países como Hungría, Finlandia, Turquía o Georgia, también en las repúblicas de Asia central e incluso en nuestro País Vasco. 

Desafíos del Viaje: Trámites y Obstáculos

Tras esta pequeña digresión de cultura general, nunca exenta de diversas exégesis y negacionismos, retomemos el relato viajero. Aunque llegamos a Kashgar con tiempo antes de las inevitables nevadas y cierre de los pasos, enfrentamos los primeros obstáculos de la omnipresente burocracia, también en esta parte del mundo. Debíamos proceder a varias gestiones de visados para internarnos en la siguiente etapa, remontar las sierras y enfocar el descenso hacia los desiertos y el occidente geográfico que nos llevaría eventualmente hasta el Finisterre patrio. 

Mi opinión de visitar Pakistán para acercarnos a las tierras de los primitivos arios del Indukush la dejé aparcada de momento para centrar esfuerzos en lidiar con el Consulado de la URSS, ya entonces bastante renqueante en su integridad tras las consecuencias de la perestroika de Gorbachev. Por el momento tan sólo Tadjikistán estaba vedada debido a las primeras escaramuzas de una guerra civil en plena negociación de estatus independiente. Nuestra ruta discurriría a través de Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán para ganar embarque en el Ferry que comunicaba con Bakú cruzando el Mar Caspio. (Aquí en Bakú planeamos reponer nuestras existencias de beluga). Por tanto presentamos documentación en el consulado paquistaní. Aquí los permisos se nos entregaron con antelación a los soviéticos pero, ay, demasiado tarde para emprender el arriesgado cruce de los techos del mundo, de manera que no pudimos hacer otra cosa que resignarnos a invernar en Kashgar. La alternativa hubiera sido volar a España y regresar en primavera pero el riesgo de perder nuestros flamantes Toyotas era cierto, además de renunciar a unos meses de apetecible exotismo en esta olvidada zona de Asia.

Tras el fracaso documental enfrentamos la gestión con el Waiban chino para prolongar nuestros visados. Durante la obligada espera not dedicamos a explorar la ciudad vieja y visitar el exótico mercado de ganados de los sábados. Todos los pueblos locales asignan gran importancia al ganado, pues son nómadas de vocación y necesidad, por lo que el comercio de camellos, caballos, yaks o cabras es la principal preocupación de esas gentes. El centro histórico de Kashgar está rodeado de una ruinosa muralla, salpicado de mezquitas y palacios en estado de mejor merecer y de zocos de comercio, que resisten al embate modernizador y ateísta de los amos chinos, no sin alguna resistencia por parte de las culturas residuales. Así, pasito a pasito chino se va destruyendo la arquitectura de este enclave milenario de comercio y culturas para imponer los horrendos bloques de pisos de estilo soviético que estropean cualquier visión panorámica urbana, si bien los invasores chinos han preferido los suburbios al norte para instalar su diabólica arquitectura.

Estábamos alojados en un hotel de moderna factura alejado del centro histórico mientras tramitábamos el papeleo, eso sí, con el confort y la seguridad de su garaje para nuestras monturas motorizadas. Durante la exploración de la parte histórica habíamos descubierto varios vetustos caravanserais amurallados y de adobe más o menos abandonados en la zona de los mercados, e indagamos la posibilidad de alquilar alguno para los seis meses que teníamos por delante. Era una idea desde luego descabellada no exenta de todo tipo de dificultades pero, como suele decirse, querer es poder, por lo que eventualmente trabamos conocimiento de algunos propietarios de estos locales y negociamos las condiciones de alquiler. Nuestro anfitrión resultó ser afgano, lo que supuso no pocas ventajas. Lo que más nos costó fue obtener el permiso del Waiban, la oficina de extranjería, aunque unos billetes y regalos operan milagros en este exótico mundo (y también en el occidental, por desgracia y ventura al mismo tiempo).

Terminado el proceso burocrático con los tres visados imprescindibles, nos enzarzamos en hacer habitable el caravanseraí alquilado a un precio tres veces inferior a lo que habría costado un hotel impersonal. El local, equivalente a las casas de posta en Europa, consistía en un gran patio, parcialmente techado y destinados en su día a las bestias de carga, y unas naves que servían para alojamiento de los guías, escoltas y caravaneros. El estado era sucio y ruinoso pero en modo alguno inhabitable. Lo más importante y que fue condición impuesta por el Waiban era la seguridad. Para ello contratamos dos primos afganos de nuestro caseros, uno de día y otro de noche. Esto supuso un gasto conjunto al cambio de 200 dólares mensuales. No tuvimos queja alguna de la fidelidad de estos afganos fornidos, de buena estatura y piel blanca, arios en suma. Ello nos facilitó ausentarnos para excursiones en la zona: escapadas a otros oasis de la franja norte, otra visita al K2, exploración de la meseta de Zhungaria, cuna de los legendarios hunos de Atila y topónimo de mi querida Hungría— aunque en lengua húngara su país se llame Magyarorszag, nación magiar. 

Lo mejor del entorno en materia gastronómica eran la inmensa variedad de sabrosas verduras, frutas y frutos de cáscara, cultivados en los amplísimos campos a lo largo de los ríos y oasis.

Procedimos por tanto a mejorar las condiciones de vida en nuestro caravanserai instalando agua, ducha e inodoro, dos dormitorios, televisión y otras zarandajas adquiridas en unos grandes almacenes chinos y baratos y en el bazar vecino donde había abundancia de antiguallas deliciosas y útiles de menaje de todas clases. 

Por fin llegó la apertura de pasos y no sin oposición de la pareja acompañante emprendimos la escalada hacia el sur y el paso de Khunjerab que nos llevaba al valle del Indo y a la primera ciudad de importancia del alto Paquistán, Gilgit. El descenso fue épico por las malas condiciones de la carretera del Karakorum, de barrancos insondables, desprendimientos y un tráfico descomunal. Las pasamos canutas y en dos ocasiones tuvimos que parar por bloqueos de piedras y esperar incluso una noche a la llegada del equipo para despejar las ruta, con colas interminables de camiones a uno y otro lado. Desde Gilgit nos desvíanos hacia el noroeste para buscar las aldeas de los arios primitivos enterradas en el Indukush y aledañas a la frontera con Afganistán. Fue una experiencia memorable, sobre todo al verificarse mi teoría de la rubicundez de sus habitantes — muchas jóvenes mujeres parecían sacadas de un cervecería bávara — aunque los hombres más expuestos al clima invernal de alta montaña tenían más curtida la piel y los rasgos eran predominantemente aguileños. Las aldeas eran pobres pero acogedoras y esas gentes vivían en régimen de subsistencia de sus magras cosechas estivales y de los ganados recios, cabras y yaks. La zona es muy agreste con sistemas de montaña coronados por altitudes vecinas a los ochomiles.

Nos encantó la experiencia y tras pasar tres noches en la zona regresamos a Kashgar para enfrentar el paso hacia Kirguistán y Uzbequistán. Al otro lado de los pasos, que me recordaron la aventura final del templario Josserasn y la princesa Khutelún, llegamos al delicioso valle de Fergana, bien regado por la aguas puras del  deshielo procedente de las montañas celestiales, el río Syrdaria que desemboca en el norte del mar del Aral tras atravesar las desérticas estepas kazakas del Kyzilkum. Pasamos por ciudades míticas de la Ruta: Tashkent, Samarcanda y Bokhara, cunas de emperadores mongoles y persas, de ciencias e islamismo constructivo, en esos días aún desgarradas por la subcultura soviética que prohibía las lenguas autóctonas, las prácticas religiosas y la poligamia, esencia de la cultura de esos países más que familiarizados con las invasiones desde todos los puntos cardinales, la última la pergeñada por los zares rusos del XIX y rematada hasta el extremo por la contracultura estalinista en el XX. A nuestro paso hervían de fiebre independentista e incluso guerra-civilista, como era el caso de Tadjikistán.

Remontamos el curso del río Syrdaria hacia su desembocadura en el mar del Aral, ya menguante por los excesos algodoneros del sovietismo, hasta el punto de convertir la zona en el primer productor mundial. Cruzamos el árido desierto del Karakum por la margen derecha Del Río hasta la maravillosa e intacta ciudad de Khiva, otrora emporio de la mil y una noches y puerto algodonero importante, hoy ya a gran distancia de las aguas salobres de lo que ha quedado del Aral. La ciudad de las torres barrigonas de porcelana era verdaderamente la más impresionante de las recorridas. Lástima que aún conservaba la impronta ponzoñosa del gobierno soviético y no había siquiera un bar donde refrescar el gaznate. Ambiente bolchevique.

Tras una noche de ensoñación oriental  cruzamos el río y la frontera de Turkmenistán para rodar hasta la orilla del Caspio y embarcar en el ferry a Bakú. Lo único memorable de esta etapa fue asomarnos a la llamada Boca del Infierno,  un cráter aparecido en una prospección en 1971 al que se prendió fuego por los gases tóxicos mezclados con el gas natural.  Se produjo el derrumbe de una cueva subterránea y lleva ardiendo más de 50 años. Se conoce como el pozo de Kavazá y la puerta del infierno.Tras esta espectacular visión, sobre todo si es nocturna, viajamos hasta el puerto de Krasnovodsk en el Caspio. Aquí nos dimos un nuevo homenaje de caviar beluga en un restaurante a la soviética, con mesas cubiertas por manteles de hule y sillas de fórmica. Pero beluga oblige.

Y sólo nos faltaba la última etapa, el Cáucaso y Turquía, ya en Europa, si es que esto lo es.

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