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Totalitarismo maternal

Totalitarismo maternal

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No era como esperábamos. Nos pusieron en el puesto de guardia mirando en la dirección equivocada, por donde no iban a venir los bárbaros.

Esperábamos banderas tremolando y hordas uniformadas marcando el paso, o barricadas cantoras. Esperábamos agentes de silenciosa violencia entrando en los hogares a las horas en que antaño solo llegaba el lechero. Nos quedamos con las formas, y si algo era irracional pensar es que fueran a repetirlas.

El totalitarismo ha llegado encorbatado y sonriente, no sin grandes palabras, pero con palabras muy distintas de las de antaño. El pueblo es de repetir, de tradiciones y usos, pero la esencia de las élites es la moda, la novedad.

Y la novedad es cualquier cosa menos viril. Hoy el totalitarismo se aplica en nombre de los animalitos y los buenos sentimientos, y si un manifiesto estalinista lleva la etiqueta de, digamos, “acabar con la pobreza” o “agua limpia”, ¿quién es el desalmado que se pone a leer la letra pequeña?

Úrsula nos amonesta con inflexibilidad maternal (es por nuestro bien) que qué es eso de ir publicando opiniones contrarias a las sabias sentencias del poder. En Alemania, la ministra de Interior anuncia que se actuará penal y ‘preventivamente’ (mejor prevenir que curar) contra el pensamiento incorrecto, que irá variando, como sabemos. En Francia y Canadá se castigará con cárcel poner en duda la eficacia y seguridad de cuantos potingues quiera sacar al mercado la industria farmacéutica con la sanción sacral del Estado.

Alemania, como Canadá, podrá cerrar las cuentas bancarias de los criminales del pensamiento, y luego hay quien se pregunta qué pega se le puede poner a la divisa digital emitida por el Banco Central que nos van a meter a tacón.

Lo que en los libros de historia se ha presentado siempre como ejemplo de la opresión del Antiguo Régimen -que coman pasteles, que vayan andando o, mejor, que se queden quietos- es todo lo contrario hoy, honda preocupación ante un espantajo de apocalipsis, y así ya nos van advirtiendo en España, como fuera, que lo nuestro es la bicicleta, como en la China de Mao.

Y lo que llega es la prueba de que Confucio tenía razón hace poco menos de tres mil años: el buen gobierno empieza dando a las palabras su verdadero significado.

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