Por recurrir una vez más a la inagotable parábola, toda la eficacia del mensaje del niño en El traje nuevo del emperador de Andersen consiste en que solo tuvo que gritarlo una vez. La potencia del conjuro está, en parte, en eso, en constatar que el rey está en pelota picada, y eso es así porque, en realidad, todo el mundo estaba ya viéndole en pelota picada.
La verdad funciona al revés que la propaganda, en el sentido de que la repetición, lejos de beneficiarle, a menudo la perjudica. Imaginen que son parte de la multitud en aquel desfile. Oyen al niño y entienden que no está haciendo más que decirles lo que ya ven, y es como un despertar. Pero supongan que el niño insiste e insiste. En algún momento uno empieza a dudar.
Entiendo que no es fácil. Entiendo que la política no es un juego donde ayude un calentón, que en un panorama como el nuestro un paso en falso puede llevar a una conflagración que nadie desea. Pero, humildemente, propongo dejar de decir que la izquierda tiene una doble vara de medir.
Es demasiado obvio. Es mucho más eficaz mostrar que explicar. Y quizá la actitud más convincente sería un alzarse de hombros y seguir adelante. No solo porque lo evidente no hay que recalcarlo demasiado, salvo que se quiera iniciar una discusión bizantina que acabará emborronando la realidad patente. También porque debilita el argumento, transmite la sensación de que nos lo hemos creído la primera vez.
Si un día dices de alguien que es un ladrón impenitente, al siguiente no puedes rasgarte las vestiduras gritando que te ha robado. Se supone que ya lo sabías.
La derecha verdadera debe dar por supuesto que la izquierda siempre va a hacer trampas con el peso y las medidas. Es lo suyo. Pero el error sería dar por buena su balanza. Sencillamente hay que ignorarla, no responder a sus trampas infantiles, negarse a aceptar su juego y seguir adelante, ajustados a la realidad de las cosas.