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Masacres y persecuciones bajo el nuevo régimen de Siria

Siria

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Continúa la violencia étnica en Siria, bajo el régimen de Al-Shara, contra las minorías cristianas, drusas y alauitas. El pasado 11 y 13 de julio, comenzaron los ataques a la población drusa en el sur del país, en la provincia de Suwayda por parte de milicias beduinas suníes, que conforman la base de las fuerzas paramilitares del gobierno de Ahmed Al-Shara, también conocido como Al-Golani.

Hace ya más de una semana, se reportaron incidentes en zonas donde la mayoría de los habitantes son drusos. Secuestros y asesinatos protagonizados por grupos paramilitares beduinos, respaldados por fuerzas del gobierno central, procedían a adentrarse en territorio controlado por la minoría drusa, que desde hace tiempo, se conforman en grupos armados de autodefensa, primero contra fuerzas de Bashar Al-asad y del Estado Islámico durante la guerra civil Siria, y ahora contra el gobierno de Damasco, encabezado por el exlíder de Al— Qaeda en la región.

En las últimas 98 horas éramos testigos de ejecuciones en masa, destrucción de propiedades y secuestros de este grupo étnico. Hasta 1.300 víctimas mortales han sido contabilizadas en los enfrentamientos entre las distintas milicias y el ejército regular, en su mayoría civiles. Entre los que destaca un ciudadano americano de etnia drusa, que se encontraba de vuelta en el país por la caída de Asad.

Pero… ¿Quiénes son los drusos?

El pueblo durso constituye una comunidad religiosa y étnica singular del levante, cuyos orígenes se remontan al siglo XI como una escisión del islam isamilí, mezclando elementos del neoplatonismo, el gnosticismo y el esoterismo islámico. Aunque su fe es endogámica y celosamente guardada, los duros han sido históricamente leales a los territorios donde
habitan, especialmente, en Siria, Líbano e Israel, y han mantenido una fuerte tradición tribal y comunal, marcada por la autodeterminación y la defensa local armada.

Durante el régimen de Bashar Al-Asad, los drusos gozaron de cierta autonomía tácita a cambio de su neutralidad en la guerra civil, aunque siempre bajo vigilancia del aparato de inteligencia del Estado. Esta ambigua tolerancia se ha visto rota con la llegada de Ahmed Al-Shara al poder, cuyo régimen ha emprendido una política de “homogeneización religiosa” apoyada por milicias islamistas, percibiendo a los drusos como una amenaza interna por su negativa a someterse a la islamización salafista del nuevo Estado, que, por otra parte, siempre ha sido, inclusive en la administración y altos cargos del régimen, muy plural, en cuanto a que repartía el poder con cierta heterogeneidad.

Israel se erige en defensor de los drusos

El pasado 16 de julio, la Fuerza Aérea de Israel llevó a cabo bombardeos selectivos sobre instalaciones militares en Damasco y en las inmediaciones de Suwayda. Fueron recibidos por la comunidad internacional como “aleatorios” y “desestabilizadores”, pero en realidad supusieron una respuesta directa a los ataques perpetrados contra la población civil drusa.

Aunque oficialmente justificados como acciones contra amenazas terroristas, estas operaciones han sido interpretadas como una señal inequívoca del Estado de Israel en defensa de su minoría drusa, altamente integrada en su tejido social, especialmente en las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF), donde numerosos drusos sirven en los más altos mandos, como el COGAT, Coordinador de las Actividades Gubernamentales en los Territorios, dirigido por el general de división, Ghasan Alyan.

Israel ha proporcionado refugio y asistencia humanitaria a centenares de drusos sirios que han huido del conflicto. Esta política responde no solo a razones estratégicas, sino también a un vínculo histórico y étnico con esta comunidad que ha demostrado una lealtad firme al Estado israelí. Alrededor de 150.000 drusos viven en el norte de Israel, muchos de los
cuáles han huido de los grupos yihadistas en la región. La intervención israelí responde al compromiso de protección de esta minoría tanto en Israel como en Siria, para evitar la respuesta armada de las milicias de autodefensa que conforman estas minorías.

No solo drusos, también los cristianos y alauitas

La violencia desatada no se limita al pueblo druso. También los cristianos de Siria, particularmente maronitas, ortodoxos y católicos siríacos, han sufrido persecución sistemática por parte de las milicias islamistas aliadas al régimen. Iglesias han sido incendiadas, clérigos asesinados y poblaciones enteras desplazadas, como en la llanura de Al-Ghab y en zonas del Qalamoun, donde los ataques son justificados bajo acusaciones de “herejía” y “colaboración con Occidente”.

Paradójicamente, los alauitas, la confesión a la que pertenece el depuesto Bashar Al-Asad, también han sido blanco de purgas, especialmente en regiones donde no han jurado lealtad al nuevo régimen. Aunque parte de la élite militar y de inteligencia aún conserva vínculos alauitas, los sectores populares han sido abandonados a su suerte frente al avance de
grupos salafistas. La guerra civil ha dejado de ser un conflicto entre facciones estatales para convertirse en una persecución ideológica con tintes étnico-religiosos.

La posición de España

Ante esta tragedia, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha optado por declaraciones genéricas que llaman a “la contención” y a “una solución dialogada”, evitando en todo momento condenar expresamente al régimen de Al-Shara o al islamismo radical que lo sostiene. Esta ambigüedad diplomática, propia de una política exterior sin visión ni valores firmes, convierte a España en una comparsa en el tablero internacional, incapaz de defender los derechos humanos de forma efectiva, simplemente con llamadas a la “inclusión” y “diversidad” que prometió el nuevo gobierno.

La visita de Albares al nuevo líder sirio, el pasado diciembre, comprometía el apoyo diplomático de España, con una serie de condiciones; estabilidad política, régimen de libertades, diversidad y cohesión e integridad del territorio. Se cumplen nada más que en lo formal, la aprobación de una nueva constitución, el 29 de marzo de este año, permitió a Damasco, verse liberado de las sanciones europeas y la recepción de 12 millones de euros en forma de ayudas del Gobierno de España.

No se trata únicamente de una omisión política, sino de una renuncia moral. Mientras otros países occidentales alzan la voz en defensa de las minorías perseguidas, el gobierno español guarda silencio, acaso temeroso de incomodar a sus socios islamistas en el Magreb o de romper la falsa narrativa de que los grupos insurgentes son un actor legítimo en Oriente Medio (Hamás, Hezbolá o los Hutíes). Esta tibieza es inaceptable para una nación que, por su historia y herencia cristiana, debería estar a la cabeza en la defensa de los pueblos martirizados por el fanatismo religioso.

¿Qué desenlace podemos esperar?

El régimen de Ahmed Al-Shara, nacido del caos post-Asad y edificado sobre las ruinas de una Siria agotada, presenta todas las características de un gobierno sectario y fallido. Su origen como líder de la rama siria de Al Qaeda, el llamado Frente Al-Nusra, no ha sido borrado, sino reciclado para dotar de una fachada institucional, a lo que no es más
que una dictadura islamista de facto. Su administración depende de un débil equilibrio entre clanes beduinos, milicias tribales y financiación extranjera proveniente del Golfo.

En la escena internacional, el régimen de Al-Shara está respaldado por el eje Doha-Ankara. Rusia y China lo observan con desconfianza, mientras que Occidente ha asumido su papel como “gobierno de transición”, mientras líderes europeos encumbran a un ex yihadista a la categoría de hombre de Estado, recibiéndolo en el Elíseo. Su control sobre el
territorio es fragmentario, y la creciente resistencia de minorías como los drusos o los cristianos podría desembocar en una nueva fase del conflicto civil sirio, ahora bajo la forma de insurgencia étnica y religiosa.

Catorce años de guerra civil, medio millón de muertos, 13 millones de desplazados, tanto dentro como fuera del país y la experiencia aún reciente de ISIS, perfilan un futuro inmediato incierto, pero lo que ya resulta evidente es que el sueño de una Siria plural, laica y reconciliada ha sido destruido por los herederos del salafismo y la indiferencia
de la comunidad internacional. Y mientras el nuevo califato avanza con bandera institucional, millones de inocentes siguen pagando el precio de un fanatismo que muchos se niegan a nombrar.

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