Asistimos a un cambio profundo del orden mundial. El mundo tal y como lo conocíamos ha dejado de existir y se reconfigura en grandes bloques de civilizaciones, articulados en torno a la fuerza, el poder y la lógica nacional. Mientras tanto, en España, tenemos a un presidente atrincherado en La Moncloa, más pendiente de vídeos en TikTok que de ofrecer un proyecto de país, en un contexto de clara ruptura generacional. Los jóvenes han perdido la ilusión en la cultura del esfuerzo: el sueldo medio se confunde con el salario mínimo interprofesional y las expectativas de progreso se diluyen. A esto se suma la alarmante tasa de paro entre los mayores de 55 años, expulsados del sistema laboral sin alternativas reales. Y, como telón de fondo, una Europa que juega al escondite, incapaz de liderar ni de dar respuestas claras ante los desafíos que se le vienen encima.
