No es una desgarradora casualidad que la red ferroviaria española vuelva a ser escenario de un accidente mortal en la alta velocidad. Cuando una infraestructura acumula trágicos balances en tan poco tiempo, la causa de fondo ya no es un imprevisto, sino la señal de un deterioro profundo. La catástrofe de Urda, en Toledo, deja decenas de fallecidos y más de un centenar de heridos, reabriendo de golpe el debate sobre la gestión del Ministerio de Transportes y la responsabilidad directa de su titular, Óscar Puente, así como del propio presidente del Gobierno. La respuesta de Moncloa tras la tragedia ha vuelto a seguir el guion de la escenografía y la elusión de responsabilidades.
