El año pasado fue, según el sistema de vigilancia europeo Copernicus, el más destructivo de todo el siglo XXI en materia de incendios. Una temporada de verano cuya suma total de hectáreas quemadas equivaldría a toda la superficie de Chipre arrasada por las llamas. Unas imágenes que, en España, provocaron el horror de los vecinos, viendo arder sus montes e incluso sus pueblos, pero también evidenció algo: España no estaba preparada para eventualidades de este tipo.
