Cuestiona la eficacia de la ONU en la consecución de sus objetivos de desarrollo, señalando que, de los ocho objetivos y 17 metas planteadas, solo se logró que la mitad de la población mundial superara los 25 dólares diarios, un resultado que atribuye más a la globalización que a la acción de la organización. Según su análisis, los sucesivos decenios para el desarrollo —desde 1960 hasta 2000— han estado marcados por fracasos constantes, impulsados no tanto por metas irrealizables, sino por la propia necesidad institucional de mantener su relevancia. ‘Si lo consiguieran, ¿qué sería de ellos?’, afirma, concluyendo que la ONU, en su actual configuración, debería desaparecer.»
