Barcelona ha sido este fin de semana el escenario de una de las mayores concentraciones políticas del llamado progresismo internacional. Bajo el título de “Movilización progresista global” y con el lema “en defensa de la democracia”, la cita, celebrada en la Fira y con un auditorio de miles de asistentes, ha reunido a dirigentes de distintos países en una imagen que, más allá de la escenografía, deja varias lecturas. La primera, evidente, es el papel que ha querido asumir Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno no solo ejercía de anfitrión, sino que se proyectaba como uno de los referentes visibles de este espacio político a nivel global. Un liderazgo construido, en buena medida, sobre la confrontación discursiva con figuras como Donald Trump y sobre la reivindicación de un modelo alternativo al que califican de “derecha ultranacionalista”. En este contexto, la sintonía con el presidente de Brasil, con Lula da Silva, ha sido uno de los ejes de la cumbre.
