Mientras algunos derraman lágrimas por la diplomacia en Múnich, otros lloran por las víctimas de un atentado en Viena. Son las dos caras de una misma moneda: decisiones políticas que, con cálculos fríos y discursos solemnes, han sido importadas por quienes hoy se lamentan, pero que son los ciudadanos quienes las sufren en carne propia. Porque la geopolítica no se siente en los salones de conferencias, sino en las calles, cuando un cuchillo, una bomba o un coche se convierten en armas contra inocentes.
