Durante el conflicto, los ataques a edificios religiosos y los asesinatos de clérigos se convirtieron en una realidad frecuente en las zonas controladas por determinadas facciones, especialmente grupos anarquistas y sectores radicalizados del bando republicano. Para algunos historiadores, esta violencia sistemática refleja un proceso de persecución organizado contra la Iglesia; para otros, responde a un estallido de tensiones sociales acumuladas. En cualquier caso, se trató de episodios de extrema crudeza, repetidos día tras día, que marcaron profundamente a la sociedad de la época.
