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Editorial. Cándido, ese hombre

Editorial. Cándido, ese hombre

Conde Pumpido, el «gran jurista» que llegó para deconstruir el Estado Constitucional de Derecho

Quienes le defienden a capa y espada tienen que recurrir, cuando ocurre lo que está ocurriendo ahora, a un argumento falaz y tramposo: Cándido Conde Pumpido es un gran jurista. ¿Y? Solo faltaba que el presidente del Tribunal Constitucional no lo fuera. ¿Acaso ha habido algún presidente del tribunal de garantías que no fuera, en España o fuera de España, un gran jurista? ¿Acaso no fueron grande juristas los ideólogos del derecho nacional-socialista, o los afamados juristas soviéticos?

Lo importante, lo significativo, no es si se trata de un hombre que maneja con pericia los intestinos legales del sistema; lo relevante, lo trascendente es si se trata de alguien que llega al Tribunal Constitucional con la misión y la voluntad de defender el sistema constitucional o de desmontarlo pieza a pieza. Esa es la clave.

Fueron legión los grandes juristas alemanes de los años treinta que sacrificaron, con todo tipo de justificaciones “jurídicas”, el alma del Derecho ante el altar de Hitler: Larenz, Siebert, Forthoff, Henkel, Dahm, Schaffstein, Stoll, Hön, Lange, Huber, Küchenhoff, Maunz, Scheuner y un largo etcétera

Todos ellos, muy grandes juristas, condescendieron o suscribieron tesis como que el Führer era suprema fuente del Derecho, que la esencia del Derecho alemán era racial, que los judíos carecían de derechos, que la voluntad de Hitler debía regir la aplicación de Derecho que emanaba de la comunidad política alemana, y que la Constitución de Weimar era un constructo degenerado de parlamentarismo terminal cuyas leyes todas debían ser superadas por el nuevo régimen.

Sí; es posible que Cándido Conde Pumpido sea “un gran jurista”. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es si, además de saber tejer la urdimbre de las resoluciones jurídicas, le mueve una recta intención constitucional o todo lo contrario. La cuestión es si la tercera autoridad del estado constitucional ha llegado a la presidencia del Tribunal para fortalecer o para dejar el sistema constitucional en papel mojado, vaciándolo primer de eficacia y después de legitimidad.

Cándido es un buen jurista, sí, pero ¿es leal a la Constitución?. La sospecha de que no lo es le convierte, como dijo Leguina, en un ser especialmente peligroso, más que Puigdemont, y hace de él el jurista menos idóneo para presidir  nuestro tribunal de garantías (que no es suyo, sino de todos los españoles).

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