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Editorial. La guerra de Rusia y el orgullo gay

Editorial. La guerra de Rusia y el orgullo gay
EFE/EPA/ARKADY BUDNITSKY
 

Poco pan y mucho circo

El mundo –ese planeta que muchos dicen querer proteger de un cambio climático que le es consustancial- ha vivido estos últimos días el momento de mayor riesgo para su supervivencia desde la crisis de los misiles de 1962.  Los grandes medios de comunicación nos ha contado unos hechos sin estudiar el tablero.

Una guerra civil en Rusia, algo que hace 48 horas nadie se atrevía a descartar del todo y algunos frívolamente alentaban, podría haber sido la puerta hacia la conflagración nuclear. Imaginemos que el grupo Wagner no hubiera actuado solo sino que hubiera sido la punta de lanza de un intento de golpe a mayor escala, y que su demencial comandante hubiera llegado a tomar el control del almacén de armas nucleares tácticas de Voronezh (hacia donde Prigozhin se dirigía derecho).

Lo que hemos aprendido estos días es que un golpe sobre la mesa de los halcones del Kremlin (numerosos, poderosos, populares sin duda) puede poner en cualquier momento al mundo al borde de la guerra nuclear.

Putin, según muchos analistas, no deja de ser un “una paloma entre halcones” que prefiere ganar esa guerra paso a paso, aniquilando a Ucrania sin destruir el mundo. Al estado mayor del ejercito ruso no le son ajenas las guerras de desgaste, largas, costosas, devastadoras, y esa parece ser la apuesta para esta guerra en la que Moscú ha dicho al mundo “o Ucrania es mía o de nadie”.

Pero el escenario de una inestabilidad política en Rusia, que es el peor escenario para la guerra de Ucrania y para la paz mundial, no es en absoluto descartable y todavía puede ocurrir: si la guerra le sale mal a Putin, si no la va ganando poco a poco, el extraño golpe del grupo Wagner será una broma al lado de lo que puede llegar.

No se nos puede pasar por alto que si Zelenski no ha aprovechado las 48 horas de crisis provocada por Wagner para lanzar su anunciada contraofensiva y lograr un golpe de efecto es porque –probablemente- los EEUU se hayan opuesto a generar una inestabilidad tan inasumible para Rusia que provocara una guerra nuclear.

Puede resultar paradójico, pero a Occidente le conviene que Putin gane lentamente y costosamente esta guerra, no solo porque de esa manera se irá esquivando el terrible escenario del desastre nuclear (que nadie quiere en Europa) sino también porque la guerra desgasta más a Rusia que a la OTAN, que al fin y al cabo aún no ha entrado formalmente en ella y no ha puesto un solo muerto en el campo de batalla. En otras palabras: la baza que probamente estén jugando los EE.UU. es que Putin desangre y agote a Rusia en la guerra, que salga derrotado de su interminable victoria sobre Ucrania, que la victoria de Rusia –si se produce- sea tan pírrica y a tal coste que, salvado el honor, el viejo Oso se haya dejado en la guerra todo lo demás. La estrategia es tan antigua como la historia de la humanidad.

Putin sale inevitablemente debilitado de la crisis de Wagner porque se ha derrumbado el mito de su liderazgo, que parecía incuestionable, pero aún continúa al frente del imperio, como probablemente le conviene a la OTAN. Los halcones del Kremlin sobrevuelan la pieza pero no se lanzarán sobre ella mientras mantengan la esperanza de ganar esa guerra.

Esa es la partida -peligrosa, suicida- del dinero y la muerte, que se juega en la altura y que ningún presidente se atreve a contar a su pueblo.

Mientras el mundo se debate en estas cosas terribles los poderosos juegan a distraernos como si fuésemos lerdos y menores de edad, y nos lanzan el anzuelo  de lo de siempre, y picamos: (poco) pan y (mucho) circo; todos y todas y todes a la fiesta del orgullo gay.

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