Sergio Vicente recuerda el trágico día y explica que la primera señal de alarma fueron las sirenas. Al mirar el móvil, confirmó la noticia del siniestro. Muchos vecinos reaccionaron de forma inmediata llevando mantas, agua y comida. “Fue algo espontáneo, me recordó que solo el pueblo salva al pueblo”, afirma. Destaca que lo más impactante fue ver a personas ayudando, abrazando o simplemente acompañando a quienes lo necesitaban: todo el pueblo estaba volcado. 24 horas después, el ambiente sigue siendo difícil y lejos de la normalidad. Adamuz continúa lleno de periodistas y autoridades y, aunque poco a poco se recuperará la rutina, el impacto es aún muy fuerte, tanto por lo negativo como por lo positivo. “Con el paso del tiempo somos conscientes de la gran labor realizada, pero la ayuda nació de forma instantánea; esa generosidad forma parte de lo que somos como país”, concluye.
