Pedro Sánchez no dimite. Ni asume responsabilidades. Ni pide perdón. Pero recibe el aplauso cerrado de su grupo parlamentario. Un PSOE en pie, entregado a su líder, como si lo de hoy fuera un acto de homenaje y no una sesión para dar explicaciones por un nuevo escándalo de corrupción que salpica, otra vez, a la cúpula del partido y del gobierno. Santiago Abascal y los diputados de VOX no han querido ni estar presentes. Han abandonado el hemiciclo antes de escuchar a un presidente al que califican de “irrelevante” en la lucha contra la corrupción. Y mientras tanto, los socios de investidura, los mismos que Sánchez necesita para seguir en La Moncloa, le miran con el gesto serio. Porque saben que no pueden dejarle caer. Aún. Porque aún pueden lograr muchas más cesiones. Sánchez, en cambio, no ha caído en el menor atisbo de autocrítica. Ha confirmado que seguirá en el cargo y que no habrá elecciones anticipadas. Ha pasado de puntillas por las investigaciones de la UCO que implican directamente a Santos Cerdán, hasta hace pocas semanas su mano derecha en el PSOE. Y en lugar de depurar responsabilidades, ha presentado un plan. Un plan contra la corrupción.
