Mientras los casos de corrupción cercan al PSOE y salpican a su entorno más cercano, Pedro Sánchez, habiendo agotado ya los comodines de Gaza, la presidencia de la OTAN y otros golpes de efecto internacionales, vuelve a recurrir a un clásico: Franco. Una cortina de humo desgastada, que ya no sorprende a nadie y cuyo tufo a estrategia desesperada se percibe a leguas. En lugar de dar explicaciones o asumir responsabilidades, el presidente prefiere reavivar fantasmas del pasado para desviar la atención del presente.
