Andy Burnham asume hoy el cargo de primer ministro británico. Sustituye a Keir Starmer. Pero antes de llegar a Downing Street, ya enfrenta una dura ofensiva desde el campo conservador. Hay un dato que preocupa a media Gran Bretaña. Sumando la subida de impuestos acometida por la actual canciller, Rachel Reeves, y lo que se espera de Burnham, la factura fiscal podría superar los cien mil millones de libras al año.
Se acusa a Burnham de llevar veinte años buscando dinero ajeno para financiar sus proyectos. Se habla de un posible impuesto de sucesiones sobre la vivienda familiar. Se habla también de un gravamen sobre los primeros sueldos de los jóvenes graduados. Y se mencionan nuevas cargas sobre el ahorro, la inversión, e incluso el aparcamiento en el trabajo.
Todo esto se suma a lo que ya hizo Reeves. Ella subió las cotizaciones sociales de las empresas. Congeló los tramos del IRPF. Y aplicó IVA a los colegios privados. El resultado: la presión fiscal británica ya es la más alta de su historia reciente.
¿Y quién decidirá el rumbo final? El próximo canciller de Hacienda. Burnham baraja a Ed Miliband, actual ministro de Energía, y una figura claramente en la franja más izquierdista de los laboristas. Pero varios diputados laboristas prefieren nombres más moderados. Piden a Wes Streeting. O a Shabana Mahmood.
Burnham, por su parte, no ha cerrado ninguna puerta. Ha dejado abierta la posibilidad de llevar el tipo máximo del IRPF hasta el 50%, lo que rompería la promesa electoral laborista explícita de 2024.
Mientras tanto, la fuga de grandes fortunas ya preocupa al Tesoro. Se calcula que unos dieciséis mil quinientos millonarios abandonaron el Reino Unido solo en 2025. Un asesor económico del propio Burnham ha querido tranquilizar a los mercados y aseguró este fin de semana que su gobierno no piensa asfixiar a los contribuyentes a base de impuestos. Veremos si los hechos confirman esa promesa.
