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TENDRÍA TODAS LAS DE GANAR

Con Netanyahu, el soberanismo se consolida en Israel

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Todo apunta a que el partido del actual primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, ‘Bibi’, el Likud se ha impuesto por la mínima en las elecciones sobre su más cercano rival, el centrista Benny Gantz del partido Azul y Blanco. Los dos partidos obtendrían 35 escaños, pero el Likud tendría todas las de ganar para formar gobierno porque los partidos religiosos, que apoyan a Bibi, han obtenido más escaños que los que podrían apoyar a Gantz.

La decisión podría quedar en manos del derechista Avigdor Liberman, líder de Yisrael Beytenu. Liberman abandonó en su día el Gobierno de Netanyahu, donde ejercía como ministro de Defensa, alegando que no iba a seguir condonando “la continua capitulación ante el terrorismo” (si crees que Netanyahu “capitula ante el terrorismo”, eres muy, muy de derechas), pero ya ha descartado dar su respaldo a Gantz.

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Ambos candidatos empatados, Gantz y Netanyahu, se proclamaron vencedores, pero a quien han felicitado desde Trump al austriaco Kurtz o el indio Modi ha sido a Bibi, que obtiene así su quinto mandato.

Si Israel fuera un país como cualquier otro, sus elecciones tendrían un interés limitado, circunscrito a sus ciudadanos y a los entusiastas de la información internacional, en cualquier caso. Pero Israel no es un país normal, ni de lejos. Contar las anomalías de Israel nos llevaría un rato bastante largo, así que tendré que resumir de forma inmisericorde.

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Capítulo primero: los judíos. Israel nació a mediados del siglo pasado, tras la Segunda Guerra Mundial y el horror del Holocausto, como ‘hogar nacional’ judío, específicamente, como una patria para los judíos de todo el mundo, en un insólito experimento, el sionismo, del que podría decirse que ha triunfado en lo que parecía imposible y ha fracasado en lo que parecía algo más fácil.

Lo imposible era crear en pleno siglo XX un Estado nuevo formado por gente que procedía de países distintos, que hablaban idiomas diferentes y arrastraban diferentes tradiciones culturales, en un lugar ya ocupado por árabes. Las fricciones inevitables se tradujeron en cinco guerras con sus vecinos (con todos), que Israel ganó cada vez.

Lo relativamente más fácil, después de semejante proeza, era convertirse en lo que soñaba el padre del sionismo, Theodor Hertzl, es decir, convertirse en un país normal, el país de los judíos exactamente igual que Alemania lo es de los alemanes o España, de los españoles. Para ello, las leyes israelíes prevén que cualquier judío en cualquier parte del mundo pueda convertirse automáticamente en israelí mediante la ‘aliyá’, con solo decidirlo.

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Pero -y aquí es donde la cosa se complica un tanto-, algo más de los judíos de todo el mundo decidieron quedarse donde estaban, aunque allí donde estuvieran, en la mayoría de los casos, apreciaban la existencia de ese ‘puerto seguro’ y se mostraban decididos partidarios de su supervivencia.

Pero el tiempo pasa, y la experiencia del judío en Israel y el del judío de la Diáspora -del que vive en Nueva York, Londres o París-, siendo muy distinta, ha ido larvando un distanciamiento ideológico cada vez más indisimulable. Y la quinta victoria del ‘duro’ Netanyahu no hace más que ensanchar esta brecha. Por decirlo muy a lo bruto, de un modo indigno de un analista internacional, la Diáspora es más bien de izquierdas, e Israel, bastante de derechas.

Más que de derechas o solo de derechas -y aquí entramos en una segunda y muy interesante derivada-, Israel es la única nación desacomplejadamente ‘alt right’ del planeta. Si a Trump le traen a mal traer por plantear un muro fronterizo, Israel tiene la Madre de Todos los Muros, una obra de arte en su género, que ha reducido un terrorismo antes endémico a su mínima expresión. Si a Trump le ponen en la picota por querer frenar la ola migratoria desde México, Israel no tiene el menor problema en controlar la entrada en su país a su gusto. Si Trump es asaetado por las críticas cuando insinúa que Estados Unidos tiene un ‘carácter nacional’ que vale la pena preservar, la administración Netanyahu ha dejado meridianamente claro que Israel es judío, intrínsecamente judío, vivan o no en él árabes y drusos.

De hecho, uno de los pulsos más interesantes en la geopolítica actual es el que enfrenta a Netanyahu con otro judío, este de la Diáspora: el financiero internacional George Soros. La Hungría de Viktor Orbán, campeón de los soberanistas en Europa, cuenta con el cálido y decidido apoyo de Israel en su legislación ‘antiSoros’, y Soros responde con una indisimulada hostilidad a ambos países.

Tercer punto, Estados Unidos. Decir que Israel tiene cierta influencia en la política norteamericana es quedarse corto. Trump ha dedicado más ‘tuits’ en las últimas semanas a declarar su fervoroso apoyo a Israel de los que ha dedicado a vitorear a América, y Netanyahu es su baza personal. Es algo que une a republicanos y demócratas, el apoyo sin fisuras a Israel, algo en lo que el AIPAC -el grupo de presión favorable al Estado judío en Estados Unidos- tiene bastante que ver.

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Los judíos americanos han constituido desde siempre un fiel bloque de votantes con cuya lealtad el Partido Demócrata podía contar, y a los que se ha correspondido con igual gentileza. Pero eso parece estar cambiando dramáticamente y muy deprisa, en buena parte debido a la inmigración masiva. Una de las estrellas nacientes del universo demócrata, la congresista por Minnesota de origen somalí Ilhan Omar, lleva desde que llegó al Capitolio denunciando las acciones de Israel y su desproporcionada influencia en la política estadounidenses, en comentarios que han sido denunciados como antisemitas pero, naturalmente, no en su propio partido.

La ‘federación de tribus’ -en sentido étnico o social- por las que ha apostado el Partido Demócrata podría hacer que los días de vino y rosas con los judíos americanos en el interior y con las políticas israelíes en el exterior se acerquen a un punto crítico.

Un cuarto punto es lo que supone la victoria de Netanyahu para el polvorín de Oriente Medio, siempre en ebullición, pero eso ya es otra historia que deberá contarse en otra ocasión.