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De comienzos y finales

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De hacerse mayor, una de las cosas más desagradables es reconocer los ciclos del engaño. Uno querría a veces unirse al resto en sus ilusiones y descorchar el champagne, y no puede porque está ya viendo cómo termina la fiesta.

Ha muerto la enésima encarnación de las estúpidas ilusiones de la modernidad, Robert Mugabe. Su ascenso al poder en Zimbabwe fue saludado con gran entusiasmo y mayores esperanzas en Occidente por medios y pensadores, no de forma distinta a como muchos pusieron sus ilusiones en el bárbaro régimen de Pol Pot. Mugabe fue un tirano implacable, líder vitalicio hasta su chochez, que logró llevar a la absoluta miseria al país que había sido ‘la panera de África’ cuando aún se llamaba Rodesia del Sur. Esta vez el socialismo iba a funcionar, el socialismo era la esperanza de África.

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El socialismo fue la maldición de África, como lo ha sido de cualquier país donde se instala. Pero estaba también la ingenua idea de que la propia descolonización, siendo el colonialismo algo malo, traería por sí misma una era de libertad y prosperidad para el castigado continente.

El cuadro es responsabilidad, en buena medida, de mi profesión. Los periodistas amamos la última escena de ‘V de Vendetta’, los símbolos de poder estallando en pedazos ante una masa vitoreante y al son de una triunfal banda sonora. Lo que nos interesa menos es lo que venga después, siempre menos efectista y peliculero.

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Nos encanta mostrar las revueltas minuto a minuto, y nos olvidamos de cómo queda el campo luego. Fue emocionante derribar el ‘apartheid’ en Sudáfrica y saludar el nacimiento de la ‘nación arcoiris’. Cómo esté ahora, ya si eso. Y la ‘nación arcoiris’ que se sacudió el racismo blanco está ahora asistiendo a masacres de extranjeros procedentes de otros países africanos. Pero ya lejos, muy lejos del ‘prime time’ y de las portadas. Pasó con la Revolución Bolivariana en Venezuela; pasó con Tsipras en Grecia. Tan gloriosos los comienzos, y tan jaleados; tan tristes los finales, y tan solitarios.

En España lo tenemos casi en cada ciclo electoral, en miniatura. Esos gobiernos de progreso, esos amaneceres tan sociales, esa extensión de derechos más bonita que un sanluís. Y el champagne, dejándonos siempre sabor de ceniza en la boca.

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