YA NO CUELA

A otra guerra

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Las portadas de los diarios hoy me hubieran indignado hace, no sé, diez años. Hoy me inspiran ternura y compasión

Los generales mediocres siempre se preparan para la guerra anterior, y es sabido que nadie escarmienta en cabeza ajena. Hay algo dramático en aprender mucho de asunto tan volátil como la política electoral cuando el panorama cambia y lo de antes ya no funciona, o no funciona igual, y en esas están muchos asesores, tratando de aplicar el libro a una situación para la que no fue escrito.

En momentos así, saber mucho es peor que no saber nada, porque el que nada sabe puede mirar a su alrededor con ojos limpios cuando las cosas se dan la vuelta, mientras que el experto está atado por todo lo que tanto le ha costado aprender, incapaz de distinguir entre lo permanente y lo circunstancial.

Aquí se están cometiendo los mismos errores fatales que se cometieron en Estados Unidos con Trump, que empezó a jugar a un juego para el que la política al uso no estaba preparada, y sus rivales -en sentido amplio, incluyendo todo el establishment– le hicieron la campaña queriendo hundirle.

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Me refiero hoy concretamente a la espantosa metedura de pata del sistema de dejar a Vox fuera de los dos debates. Eso les convirtió en el ganador sin esfuerzo. Abascal ha sido la presencia fantasmal de los dos debates, y su ausencia ridícula, cuando es obviamente el protagonista, siquiera informativo, de estas elecciones solo servía al modo del “¡no pienses en un elefante!” de Lakoff, para que todo el mundo estuviera mentalmente comparando.

Hay un guion oficial y luego está lo que todo el mundo puede ver. El guion oficial es que hay un bloque de izquierdas, el formado por PSOE y Unidas Podemos, y un voto de centro-derecha que tienen que repartirse Ciudadanos, PP y Vox, y de ahí la constante llamada de Marhuenda y compañeros mártires a “no dividir el voto de la derecha” como excusa vergonzante para seguir votando a sus señoritos.

Y luego está la verdad, el bipartidismo real que empieza a perfilarse como lo hace en todo Occidente, entre el Partido del Consenso y el que quiere romper ese consenso cada vez más escorado a la izquierda y volver a la normalidad.

Es decir, lo primero que puede comprobar cualquiera que haya soportado los dos debates a cuatro es que ninguno de los participantes se apartó un milímetro de las falsedades evidentes que se han convertido en eje del pensamiento oficial. Las majaderías de Sánchez sobre el consentimiento no hubieran tenido media bofetada dialéctica en cualquier tertulia de bar o de mesa camilla, donde todos sabemos que son mentira y que ni ellos mismos las creen, pero bastan para hacer balbucear a Casado y que baje la cabeza y se apunte a la mentira. Y esto lo vio todo el mundo.

El votante de Vox quiere mandar parar esto, que parece no tener límite ni siquiera en el sentido del ridículo o en el instinto de conservación, y mientras los gurús sigan con la matraca de la ultraderecha y mandando sus naves contra ese fantasma, contra ese tigre de papel de su propia invención, le estarán haciendo el juego a quien quieren hundir.

Las portadas de los diarios hoy me hubieran indignado hace, no sé, diez años. Hoy me inspiran ternura y compasión. Siguen sin enterarse, siguen haciendo como que la gente se entera de las cosas y se informa del mundo por sus desleídas páginas. Y así puede El Periódico decir a los suyos que ‘Sánchez se crece ante las derechas’, que ya hace falta imaginación, y predicar La Razón a su exigua audiencia que ‘Casado crece ante Sánchez’. Da igual, nadie les cree, son tiros en el pie propio.