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EL CAMINO DE LA UNIÓN

Los verdaderos europeístas

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No permitamos que por pensar diferente nos callen. No permitamos que, por querer otra Unión Europea, nos llamen euroescépticos o antieuropeos.

Hace 5 años, un federalista convencidísimo de las bondades de la Unión Europea entraba por la puerta del Parlamento Europeo. El sueño de miles de personas que amamos la política es poder trabajar en la Unión Europea que nos han vendido; una organización que se creó para ayudar a todas las personas, no solo europeas, sino del mundo. Esa organización en la que trabajan los mejores y mejor formados, los que tienen respuestas para cualquier problema. Esa organización que sin duda nos ayudaría a los españoles a mejorar nuestra democracia…

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Así me presentaba hace dos meses, hablando de la idea de la Unión Europea, de los ideales que ella representa y que nos enseñan en todos los cursos Jean Monnet que se imparten en las Universidades Españolas y en muchos libros publicados por esos profesores que ostentan la cátedra Jean Monnet, pero ¿son esas ideas que nos enseñan o leemos la verdad absoluta? Yo creo que no, y así me he esforzado en explicároslo en este Camino de la Unión.

A todos esos estudiantes que amamos la política, la Unión Europea es LA Institución por excelencia y no porque se merezca este mérito, sino porque solo tenemos acceso a una única versión de ella: la idealizada.

Una idea vendida a través de becas financiadas por la propia Unión, en programas de educación y promoción, que te piden que cuentes la versión de la Paz, la Concordia, la Igualdad y el Respeto, pero siempre se olvidan de contar cómo es el funcionamiento interno de las instituciones. Y con razón, ya que, al fin y al cabo, quieren convertir a la Unión en un mito, una historia de cuento de hadas, recordada y adorada por todos durante los años venideros, para que lo único que podamos decir de ella es que es la razón por la cual la civilización occidental sigue perviviendo.

Pero nada más lejos de la realidad, esa Unión glorificada que nos han vendido, es solo una parte de una historia y, por desgracia, una parte que, si algún día existió, ya es muy difícil encontrar los restos de ella. La Unión de hoy es muy distinta a la que encontramos en los libros, es una Unión robada por el propio sistema eurocrático, que se preocupa principalmente de sobrevivir y crecer: sobrevivir para mejorar la vida de los que viven en el sistema y crecer para eliminar toda oposición a este.

Es por ese afán de sobrevivir y acumular más poder por el que las instituciones han ido absorbiendo el contenido de esos ideales europeos, dejando solo la carcasa para que desde fuera se pueda ver esa visión idealizada. El interior sin embargo no está formado por esas ideas de Paz, Concordia y Bondad; ahora tenemos unos eurócratas que deciden y controlan las instituciones, alejadas de los ciudadanos, sin capacidad de saber qué ocurre dentro, sin representantes políticos que puedan crear leyes y, sobretodo, ciudadanos sin la capacidad de despedir aquellos que las hacen.

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Nuestra opinión, la de los ciudadanos, cada vez cuenta menos dentro de la Unión. Desde la creación de la Unión Europea, los ciudadanos de Europa hemos votado 48 veces en cuestiones referidas a la integración. Ni una sola de las veces el voto se ha tenido que repetir cuando el resultado ha sido favorable a los intereses de las instituciones. En cambio, cuando el voto no era el deseado por los eurócratas, simplemente se hizo caso omiso; no provocó en ninguno de los casos un cambio de rumbo o un simple pensamiento de “igual la culpa es nuestra”. No, la culpa es del votante, que no vota lo que yo, Unión, quiero:

El referéndum sobre el Tratado de Maastricht en Dinamarca: 51.7% de la población en contra. Tratado de Niza en Irlanda: se rechazó con un 53.9% de los votos. La Constitución Europea fue rechazada en Francia con el apoyo del 54.9% de la población y en Luxemburgo por un 61.5%. El tratado de Lisboa en Irlanda se tuvo que votar dos veces, ya que la primera vez, los irlandeses lo rechazaron con un 53.2% de los votos. También vimos cómo en Grecia un 61.3% de los griegos votaron en contra del rescate europeo. Las élites de Bruselas y los gobiernos de esos países no escucharon a sus gentes, olvidándose de quienes deberían estar en control. Todos estos votos no escuchados tienen en común el ADN de la Unión, que no es otro que la no intención de respetar a los que ellos dicen representar; las instituciones son las que se creen conocedoras de la verdad absoluta.

Mi principal problema es ese: la democracia interna que brilla por su ausencia. Cada año que pasa vemos que la posibilidad de reformar las instituciones es más difícil. Pero no imposible. Es ahí, a pesar de las dificultades, donde tenemos que confiar en una tormenta que mueva todo de sitio, una tormenta que nos permita reorganizarlo todo para beneficio de la gente. Es necesario recuperar la igualdad entre los estados, la capacidad de poder tomar decisiones de manera independiente y, sobretodo, esforzarnos en fomentar la cooperación y colaboración evitando caer en el error de obligar a otros a hacer lo que no quieren.

Son esas élites las que nos obligan a olvidar quiénes somos y aceptar lo que ellos quieren que seamos. Esfuerzos destinados a que te creas europeo y no español. Élites asentadas y sentadas en Bruselas que quieren convertir a los países de la Unión en regiones administrativas homogéneas. Siguen sin darse cuenta de que el sentimiento europeo no es algo que se puede imponer, mucho más ha hecho por ese sentimiento los vuelos de Ryanair con sus tarifas que todos los esfuerzos legislativos de la Unión.

La Unión debería trabajar por una Europa de países iguales que se respeten mutuamente, que no se aprovechen de su posición altiva para menospreciar a países más pequeños o menos poderosos. La unión hace la fuerza, sí, pero cuando no podemos contratar y despedir a las personas que escriben nuestras leyes, la palabra democracia pierde el ‘demos’ (pueblo) y deja sola el ‘cratos’ (poder). Es contra ese poder contra el que tenemos que levantarnos y luchar.

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No permitamos que por pensar diferente nos callen. No permitamos que, por querer otra Unión Europea, nos llamen euroescépticos o antieuropeos. No permitamos que nos silencien los que se autoproclaman europeístas. Porque si cabe, nosotros somos los verdaderos europeístas; los que creemos en los valores e ideas que llevaron a Europa a descubrir Asia y no al revés. Los que practicamos el respeto por nuestras leyes, la soberanía nacional, la libertad individual, pero sobre todo, los que abogamos y creemos en poder contratar y despedir a los que, escribiendo las leyes, nos representan.