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Murcia

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Llama en Twitter mi atención el profesor Quintana Paz sobre un artículo aparecido en Bloomberg cuya tesis es que los seres humanos tendemos a pasar por alto los sucesos realmente históricos que vivimos sin advertir su verdadera importancia.

Eso no solo es cierto en el sentido de que pasan cosas cuyas consecuencias no podemos valorar hasta muchos siglos después -la primera Navidad sería un ejemplo bastante obvio-, sino también a la inversa: nuestra preferencia por el presente hace que achaquemos un peso desproporcionado a sucesos que estamos viviendo y que quizá el devenir vuelva triviales.

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En este segundo caso, los periodistas somos a menudo cómplices necesarios. La misma necesidad de rellenar cada día un número exacto (en el caso del papel) o aproximado de líneas (en medios online), siempre las mismas, nos empuja a exagerar la importancia de lo banal.

Pero hay otro incentivo no menor para hacerlo, y es la batalla por el poder. La división de poderes es una bonita ficción, seguramente conveniente, pero ficción al cabo, y no solo entre los tres poderes tradicionales -ejecutivo, legislativo y judicial-, sino, al fin, sobre cualquier institución social, todas las cuales acaban repartidas entre las banderías dominantes.

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La noticia recurrente durante este interminable periodo postelectoral es que el ‘trifachito’ fue siempre un ente de razón, una entelequia, un mito lanzado por la izquierda en el poder y ávidamente recogido por el Partido Popular. Nunca hubo tal, nunca existió ese ‘bloque de la derecha’.

Hoy es Murcia, donde no gobernará el PP porque Ciudadanos no quiere que le vean en público con Vox y Vox no quiere regalar sus votos a quienes le hacen ese desaire. Eso está causando un revuelo considerable que, en mi humilde opinión, no tiene razón de ser.

Vox, lo he dicho alguna vez, puede ser todavía cualquier cosa. Puede convertirse en un PP 2.0, una red barredera para que el Partido Popular recoja los votos que perdieron por sus continuas traiciones programáticas sin tener que rectificar, o puede llegar a ser la ‘enmienda a la totalidad’, la oposición a una deriva que afecta a todo el espectro, ese desplazamiento generalizado y aparentemente inevitable hacia un pensamiento único que no parece surgir exactamente de las masas populares y del que muchos están ya ahítos.

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Y el primer tiempo para señalizar qué va a ser de mayor es este. Ahora, si va a ser lo segundo, nada de lo que está haciendo -poco de lo que está haciendo, mejor- debería sorprender a nadie. Cualquier otra postura supondría su muerte o su irrelevancia.

Desde el punto de vista de eso que se llama ‘la derecha sociológica’, no meramente tribal, ¿por qué es tan, tan importante descabalgar al PSOE para poner al Partido Popular, un partido que parece un apocado oficinista deseoso de administrar pero incapaz de tener ideas propias? ¿En qué, exactamente, se diferencia su ideología de la del PSOE, en los aspectos reales, tangibles?

De Ciudadanos no hablaré, por ser aún más obvio. El caso es que, desde fuera y con cierta perspectiva, sería absurdo culpar a Vox -a cualquier partido, en realidad- de no dar votos a una formación que representa ideas distintas a las propias, como si el PSOE fuera lo peor que puede pasar, y no lo mismo de siempre, lo mismo que viviremos con PP o Ciudadanos, grosso modo.

En cuanto a Ciudadanos, tampoco es en absoluto reprochable que no quiera coaligarse con Vox. Otra cosa es que no quiera sentarse con ellos, que los traten como parias y los miren con un asco que no parece en absoluto justificado. Eso, en sí mismo y referido a cualquier partido que admita lealmente las reglas de juego es, además de una innecesaria ofensa a sus millones de votantes, un peligroso precedente que acaba convirtiendo la palestra política en un combate de lucha en el barro.

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