YA NO CUELA

Rivera’s taylor is rich

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Esa cosa que hace que si no eres partidario de que entren en tu país todos los que quieran sin control alguno es que deseas convertirlo en una isla inaccesible

De los muchos malentendidos universales que hacen del debate público un desesperante diálogo de sordos, hay dos especialmente insidiosos, la simplificación abusiva y la falacia de la trasposición perfecta de las propuestas políticas de la ley a la práctica.

Por lo visto, Ciudadanos quiere imponer en todo el territorio nacional el inglés como idioma en el que nuestros hijos aprendan Matemáticas, Geografía y todo el resto del saber académico, es decir, de convertirlo en eso que llaman ‘lengua vehicular’, como si España fuera una ex colonia de la Commonwealth. Blas de Lezo debe de estar revolviéndose en esa olvidada tumba que descubrió Mariela Beltrán.

Se lo leo en Twitter a Inés Arrimadas, tal que así: «Cuando Cs gobierne,español e inglés serán lenguas vehiculares en toda España (junto a cooficiales en sus CCAA) y la alta inspección educativa tendrá las herramientas para acabar con el adoctrinamiento».

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En cuanto al primer malentendido, supera con mucho este debate casi trivial e infecta la conversación más anodina. Es la victoria incontestable del hombre de paja, el negro y el blanco, el que no está conmigo, está contra mí, el ocaso del matiz, la condición, la proporción, la dosis; el pensamiento, en suma.

Es esa cosa que hace que si no eres partidario de que entren en tu país todos los que quieran sin control alguno es que deseas convertirlo en una isla inaccesible; si tienes alguna objeción que hacer a las leyes de violencia de género alegando, más que razonablemente, que se cargan de un plumazo la igualdad ante la ley y el principio de presunción de inocencia, sin duda deseas que la violación y el maltrato estén permitidos por la norma. Y así.

Es lo que me he encontrado en la citada red social cuando me he preguntado en alto por qué tendría que ser el inglés lengua vehícular de la enseñanza en España. La respuesta típica ha consistido en dar por hecho que me estoy negando que los españoles aprendamos inglés, y no que los españolitos tengan que aprender biología en inglés por sus narices. Es decir, por ignorar, imagino que voluntariamente, lo que es una lengua vehicular.

Y con esto pasamos al segundo malentendido: la idea de que cualquier medida política que se proponga expresamente acabar con un problema solo con su aprobación acaba con él, sin que en ningún caso se deriven consecuencias indeseables que se le ocurrirían a cualquiera.

En este caso, la cuestión es doblemente graciosa, el equívoco es especialmente significativo, porque son con frecuencia esos ultraliberales que de continuo se carcajean de la ingenuidad de creer en la eficacia de las medidas estatales quienes defienden esta como una inexplicada excepción de su norma general. Aquí no han contado el coste, ni se han preguntado si existen ya profesores con el suficiente dominio de ambas materias -idioma inglés y la materia de que se trate- o, en cambio, como suele pasar, se acabaría teniendo que permitir que se enseñe en un inglés mediocre una física incomprensible. Como tampoco han contado con la proporción quizá no desdeñable de alumnos que aprenderán mal la química porque no tienen la habilidad lingüística de sus compañeros.

Dejo fuera de esta lista, por obvio, el carácter de imposición, de trágala, que supone la medida y que debería ser lo primero en alarmar al liberal, en este caso súbitamente partidario.

Por último, está el efecto pecera, que es hoy universal y que consiste en generalizar abusivamente a partir de la experiencia personal, siempre limitada. Es el mismo que llevaba a una amiga mía muy pija hace miles de años, cuando los dinosaurios habitaban el planeta, que me dijo antes de las elecciones en las que González obtuvo mayoría absoluta: «¡Pues claro que va a ARRASAR Alianza Popular! Toda la gente con la que hablo va a votarles».

Es fácil ver que se quiere promover un modelo concreto, donde el trabajador debe estar preparado en cualquier momento para trasladarse al rincón del planeta donde demanden lo suyo, como una mercancía más. Pero la realidad es que el inglés, siendo óptimo aprenderlo y utilísimo dominarlo, no es prioritario para una masa ingente que ese cogollito tiende a ignorar, desde el reponedor de Mercadona al albañil autónomo.

Para que nadie vea una fobia personal, he de confesar mi pasión por las lenguas, muy especialmente el inglés, idioma que leo cada día, del que he traducido varios libros e incontables artículos y con cuyos autores me solazo particularmente.