TRIBUNA

Viajar a pinceladas

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Espero en la calle. Parezco siempre un personaje sacado de Esperando a Godot. Temperatura magnífica. 25 grados. Un invierno preñado de primavera. Humedad relativa: 50%. De la sequía ya hablamos en otro momento. El fotógrafo que me acompaña toquetea su cámara ajustando los balances de blancos a las condiciones de la luz.

Esperamos a un pintor. La calle es un crujir de pisadas, miradas y carreras contrarreloj. Cerca, la sede de un partido político. Asesores del líder político en cuestión, muy trajeados, cruzan la calle con bolsas de papel que parecen llevar los desayunos antes de la inminente rueda de prensa. Al fondo, una señora elegante, que regresa de la compra con el carrito del que sobresalen las acelgas frescas, se detiene en un puesto con libros. No se decide entre las memorias de Marina Abramovic y otro de Rubén Amón. El de Amón lo devuelve al revuelto libreril y el de Abramovic pasa a ser otro must imprescindible de su bolso (vuelvo a creer en la Humanidad). Muchos pensáis que el bolso de la Reina de Inglaterra es el más famoso y el que más preguntas despierta pero, reconozcámoslo, no se nos va de la cabeza el de Saénz de Santamaría sobre el escaño de Rajoy. Aquí vamos siempre con algo de retardo, en otros sitios, otros bolsos nos llevan kilómetros de distancia como el Asprey de Margaret Thatcher que, desde luego, no pasó desapercibido y hasta el término ‘handbagging’ terminó incluido en el diccionario Oxford. Por cierto, mi fotógrafo no pierde las costumbres y ha olvidado su cartera en casa. A veces creo que el fotógrafo ha leído a Camba ¡ni que saliera del Casino de San Sebastián donde los empleados de las mesas de juego carecían de bolsillos! Me toca pagar el desayuno. Saco de mi desvencijado y mala copia del mítico kelly unas monedas. Me gusta recordar historias abriendo este Kelly como María Vela Zanetti cuando contaba que estudiando en el colegio Estilo, dirigido por la escritora Josefina Aldecoa, fue precisamente a ella a quien le vio el primer kelly de su vida, “lo llevaba a reventar de carpetas y algún libro, y dentro siempre su perfume, Calandre, de Paco Rabanne”.

Ahora sí. A lo lejos veo a Pedro Cano; el pintor del mundo, como lo definió Rosa Belmonte en una ocasión. Otro bolso en el que no me importaría estar, en la mochila de sus viajes, en sus cuadernos, en su caja de acuarelas atenta a los ocres y a los amarillos que envuelven sus pinturas: “Siempre llevo conmigo una caja de acuarelas. Fue uno de mis primeros regalos, en Reyes, por los años 50. Eran de aquellas de cartón”. La de hoy -24 colores, de metal- es una de las que más utiliza y se nota. Sobre la mesa, o en plena calle, necesita útiles fáciles de transportar y manipular: “Como un diccionario, hay que combinar esos colores de formas diferentes. Es una especie de contenedor de palabras, donde puede entrar desde un cómic a la Divina Comedia”. Muchas adquiridas en Italia; otras, regalos de amigos. Gusta de colores fijos a la luz, “tierra, azul cobalto, rojo cadmio, amarillos… Se pueden elaborar universos enteros con sus mezclas…”. Y plasma in situ una gama de tonos cuyo significado está siempre en proceso. También utiliza el negro: “Existe un tabú con este color, pero el arte sin la existencia de las Pinturas Negras de Goya no sería igual”. Sus pinturas están cargadas de vida. Como él dice, “meto mi caja en la mochila y me marcho a dialogar con el mundo para traerlo conmigo”. Inseparable compañera de viaje: “El tránsito, el viaje, ha sido uno de los resortes más importantes para entender esa enorme enciclopedia que es la vida. Me ha dado todo lo que soy. Esa inmensa satisfacción que supone detenerte en una calle, crear allí mismo el dintel de una puerta, interactuar con las gentes… Todo un diario de paso…”. Haciendo un recuento rápido tendrá más de cien cuadernos de viaje (me quedo corta): Marruecos, Yemen, Siria… Pinceladas aliadas que fijan en el tiempo lugares hoy desaparecidos, sobreviviendo en sus lienzos: “Fui testigo de la histórica ciudadela de Bam antes de quedar destruida por un terremoto en 2003. Visitarla era una de mis ilusiones, le dediqué un viaje a aquella estructura de adobe”. Hoy podemos revivirla en su Fundación. Y, no echa cuentas a sus borrones, porque “la vida no tiene vuelta atrás. Las cosas se afrontan tal como vienen, se pueden modificar pero lo importante es reflexionar qué enseñanza te deja ese borrón”.

Este invierno está siendo nostálgico, inhumano, cruel, cálido, desesperante, exasperante y ardiente. Vuelvo a atravesarme media península en tren. Tal vez, quién sabe, en un futuro, recuerde este invierno como uno de mis favoritos…

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