TRIBUNA

Man Ray: objetos de ensueño

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El arte de Man Ray llega a la Fundación Canal. Más de cien obras del artista, procedentes de colecciones privadas, trazando un recorrido por su pensamiento y los temas que abordó a lo largo de su trayectoria.

La exposición ‘Man Ray. Objetos de ensueño’, uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX y una de las figuras fundamentales del surrealismo, se podrá visitar hasta el 21 de abril. Las salas de la Fundación Canal acogen los temas más recurrentes del autor, según la comisaria de la exposición, Pilar Parcerisas, “ofrece la posibilidad de entrar en la dimensión del retrato de Man Ray”. No debe extrañar al visitante que este recorrido se construye partiendo desde la dialéctica que el autor sostuvo entre la fotografía y la pintura, por supuesto a partir del dadaísmo y el surrealismo: “Pinto lo que no puede ser fotografiado, aquello que procede de la imaginación, de los sueños o del inconsciente. Fotografío las cosas que no quiero pintar, las cosas que tienen una existencia en ese momento”, aseguraba.

Eran constantes las explicaciones del artista para justificar una u otra actividad: “Empecé siendo pintor. Haciendo fotografías de mis lienzos descubrí el interés de la reproducción en blanco y negro. Un día llegué a destruir el original para conservar sólo la reproducción. A partir de entonces jamás he dejado de creer que la pintura es una forma de expresión superada, y que la fotografía la destronará cuando el público esté visualmente educado…”, aseguraba.

A partir de las palabras de la comisaria de la expo, observar a Ray nos permite entender el siglo XX y, además, esta exposición nos permite entender más a fondo a Man Ray. Fotografías de objetos que nos introducen en el mundo de este artista surrealista como si contempláramos, nos explicaba Pilar Parcerisas, su propio autorretrato: “No sólo por los autorretratos que él ejecutó en las fotografías, sino porque los objetos forman parte de él”. La muestra está divida en siete secciones. Comenzamos el recorrido por el apartado ‘Amigos, retratos y autorretratos’, una recopilación de fotografías en las que Man Ray capturó el aura de otros artistas como Picasso o Proust, aquel retrato post mortem que se ha convertido en uno de los más “impactantes” e “icónicos” de la historia de la literatura.

Seguirás avanzando y te adentrarás en ‘Lampshade’ (1921), una espiral de papel que se transforma en lámpara considerada el centro de la sección, no en vano Ray, a través de sus objetos, plasmó su idea de sacarlos de su contexto, de su uso “normal” para otorgarles un sentido más alegórico. Me refiero a esos objetos que él llamó “de mi afecto” al final de su vida, como esa plancha con púas o ese metrónomo con ojo o el pan azul. Ese metrónomo, incluido en la colección del Museo Reina Sofía y ahora en la exposición de Canal, nació tras su relación con la fotógrafa Miller. Ray nos guía con instrucciones de uso: “Coloca en el péndulo de un metrónomo el ojo de la persona amada a la que no volverás a ver / Pon en marcha el metrónomo hasta el límite de tu resistencia / Con un martillo, intenta destruirlo de un solo golpe”. El ojo era el de su recién expareja Miller.

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Despertará la imaginación del visitante la sección denominada ‘Rayogramas’, un Man Ray interesado por la experimentación y el desarrollo de la fotografía sin cámara. La técnica consistía en rastrear la silueta de aquellos objetos sobre papel fotosensible por medio de la incidencia, sin un orden establecido, de la luz. Una auténtica revolución para la época. Una exploración casi fantasmagórica: “Su interés primordial se dirigió hacia la ampliación del mundo de lo visible, hacia la exploración de la visión interior, propiciando la aparición de lo irreal y lo extraño, de lo fantasmagórico; la modificación de la identidad de las cosas, la irrupción de lo real poetizado”, me contaban, en una anterior exposición, sus responsables.

Sólo hay que prestar atención a sus palabras para descubrir lo que para él significaba ese mundo que exploraba a través de la luz: “El fotógrafo es un explorador maravilloso de los aspectos que nuestra retina no registra nunca. He tratado de plasmar las visiones que el crepúsculo, la luz demasiado viva, su fugacidad o la lentitud de nuestro aparato ocular sustraen a nuestros sentidos”. Procesos a los que incorporaba la solarización, es decir, dejar entrar la luz en el negativo durante el proceso del revelado produciendo finalmente esas siluetas; la exageración del grano de la imagen o las fragmentaciones a través de la ampliación de detalles. “Man Ray, a la escucha de la luz”, decía de él André Breton.

Imprescindible es el apartado de la amistad. La estrecha relación que Man Ray tuvo, entre otros, con Marcel Duchamp, uno de los artistas más influyentes del siglo XX, plasmados en obras como ‘Élevage de poussière’ (Criaderos de polvo). “Les unía el deseo de libertad en todos los aspectos de la vida y el espíritu de la búsqueda de un nuevo modelo de belleza basado en el artificio maquinista de los nuevos tiempos y en la negación de las corrientes de vanguardia naturalista retiniana”, contaba Parcerisas. En definitiva, esos encuentros eran el germen de creación de nuevos artilugios con los que dar pie a otros aspectos de la imagen.

Más obsesiones del fotógrafo quedan representadas en ‘La realidad inquietante de los maniquíes’. Para Man Ray el maniquí era un símbolo de erotismo relacionado con la mujer. Un objeto que el fotógrafo convirtió en fetiche. Si no recuerdo mal, esta perspectiva sobre los desnudos y los maniquíes ya se vio en la Exposición Internacional del Surrealismo. Cada artista vistió a su maniquí explorando cómo era a su entender el arte. A muchos sorprenderá que Ray sea reconocido más como fotógrafo cuando su aspiración y deseo era serlo como pintor. Circunstancia que terminó al final de su vida admitiendo casi desabrido y con cierta acidez: “A un pintor convertido en fotógrafo se le perdona fácilmente, pero un fotógrafo conocido, como era yo, que se convierte en pintor, aunque algunos lo reconozcan como pionero, siempre será mirado con recelo”. Y añadía que, al fin y al cabo, le atraía ese onírico e introspectivo mundo que sólo él supo crear: “No soy un fotógrafo de la naturaleza, sino de mi propia imaginación”, decía un Ray que también fue dibujante, escultor y pintor…

El recorrido de la muestra se cierra con el ajedrez, “una metáfora entre la vida y la muerte”, que fue objeto de varias representaciones para el artista, “como la que hizo en 1934 con los retratos de los miembros del movimiento surrealista en el que él se identificaba con la figura del rey por la proximidad con su pseudónimo Ray”. Aquí retomamos esa amistad con Duchamp que, en 1917, le enseñó a jugar en el Marshall Chess Club de Nueva York. Recordaba Parcerisas en el catálogo de la exposición que en el filme de René Clair, Entr’acte, “la secuencia más inquietante era en la que ambos protagonizaban una partida de ajedrez en una terraza”. No extraña que, a la muerte de Marcel Duchamp, Man Ray comparara el acontecimiento con el desenlace de una partida del juego.

Una exposición que a nadie deja indiferente de uno de los artistas que marcó el arte de las vanguardias. Un artista cuyo epitafio sobre su tumba en el cementerio de Montparnasse resume su enfoque artístico: “Unconcerned but not indifferent”, es decir, “no implicado, pero tampoco indiferente”.