PUBLICIDAD

Cansancio lírico

|

Hay pocas cosas tan difíciles de sostener como el entusiasmo, no digamos uno tan menor como el entusiasmo político del que, a decir de Nicolás Gómez Dávila, siempre acabamos avergonzándonos.

Todo lo que requiere masas debe ser rápido. O se toma la Bastilla o nos volvemos a casa a cenar, porque los gritos le dejan a uno ronco y afónico y ver los mismos colores en idéntica disposición los acaba por hacer cansinos y la gente apretada suda y empuja y aturde. Y hasta la fraternidad necesita algunos metros de margen para no hacerse utópica.

PUBLICIDAD

Pekín aprendió en Tiananmen que uno puede abrirse al mundo o aplastar brutalmente las protestas callejeras, pero no las dos cosas a la vez, así que ha dejado que los chicos en Hong Kong se desfogaran un tiempo y ahora ya no protesta en sus calles ese gigante de mil brazos que llaman “el pueblo”, sino el millar de activistas de núcleo duro, y que mañana serán un centenar, a los que se podrá detener discretamente.

Los secesionistas catalanes le dedicaron a esto más recursos que nadie, pero el ‘procés’ ha confiado demasiado en su afamado potencial publicitario y en unos nervios que, al final, se destensan. No hay quien aguante tanta lírica inflamada, año tras año, tanto discurso de opereta, tanta consigna grandilocuente, aunque Barcelona es bonita para pasear y hace buen tiempo. No hay quien aguante, de verdad, la ficción de que Cataluña es una tierra oprimida y esquilmada, mientras uno calcula si tendrá tiempo para tomar algo en la Boquería.

Suscríbete a nuestro nuevo canal