YA NO CUELA

El botellón de la democracia

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VOX ha entrado ya en el Congreso y tiene cuatro largos años para prepararse, para pulir el programa y el argumentario, para formar cuadros y reclutar líderes. Su presencia en las Cortes garantizan que el discurso contracultural ya no podrá ser silenciado.

No sé si las elecciones son “la fiesta de la democracia”, como quiere la cursilería reinante, pero en algo se parecen, al menos, a un botellón desenfrenado de sábado noche, sobre todo en que se suele llegar bastante más allá de la exaltación de la amistad, los cantos regionales y los insultos al clero y la resaca del día siguiente suele ser de órdago.

Pero si el alcohol distorsiona la realidad en el entusiasmo, la resaca no nos ofrece menores espejismos simplemente porque sean deprimentes. Hay que darse una buena ducha y desayunar un sándwich de beicon -mi receta contra la resaca-, y solo entonces se podrá mirar con cierto realismo los resultados de las elecciones de ayer.

Y me centro en VOX, por dos razones: porque ha sido el incontestable protagonista de la campaña y porque ha logrado unos resultados milagrosos. Para demostrar lo primero bastaría un rápido zapping por los programas televisivos y las portadas de la prensa de papel y las menciones en redes sociales desde las andaluzas: VOX, VOX, VOX. O, más precisamente, el fascismo, la ultraderecha, los que nos quieren arrebatar los derechos y los que quieren volver a meter a Iceta en el armario.

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VOX ha pasado en un solo ciclo electoral de sacar menos votos que el PACMA, el partido de los bichos, a colocar 24 diputados en el Congreso. Eso es una hazaña no menor que la lograda por Pablo Iglesias en su irrupción en el panorama parlamentario, con dos diferencias fundamentales; en primer lugar, Iglesias apareció como de la nada, como por ensalmo, secuestrando una protesta que no era propiamente suya, el 15-M, y sin haber superado previamente fracasos electorales.

En segundo lugar y sobre todo, el mensaje de Podemos encajaba a la perfección con el guion que llevan décadas vendiéndonos desde el poder, especialmente desde el poder cultural. Pablo era el líder revolucionario que ha sido casi profetizado y ensalzado por todos los cuentos de hadas de la modernidad. Nuestro tiempo ha hecho del rebelde en abstracto, del que se levanta contra la (supuesta) autoridad el héroe y el arquetipo de todo lo bueno, y de la revuelta su mito fundacional.

VOX no solo ha fracasado estrepitosamente desde su fundación en varias elecciones sin rendirse; además, va totalmente a contrapelo del mensaje oficial. Ha sido un imán que ha unido a amigos y enemigos en su contra, desenmascarando rivalidades de mentirijillas, mostrando el verdadero rostro monolítico del consenso socialdemócrata y evidenciando el elitismo de la izquierda.

Y, aun así, contra viento y marea, denunciado con los epítetos más ofensivos y derogatorios para el hombre de hoy, ha entrado en el Congreso con 24 diputados. Para darse con un canto en los dientes.

Entonces, ¿por qué no se ven más votantes de VOX dándose con un canto en los dientes, sino estallando en maldiciones en las redes sociales? ¿Por qué vemos a tantos enemigos del partido verde exultar con un resultado electoral que debería horrorizarles? La respuesta es: el botellón. O, si se quiere, las expectativas disparadas. No tenían mucho sentido, pero la esperanza y el temor son poderosos aguardientes que se suben en seguida a la cabeza.

VOX ha entrado ya en el Congreso y tiene cuatro largos años para prepararse, para pulir el programa y el argumentario, para formar cuadros y reclutar líderes. Su presencia en las Cortes garantizan que el discurso contracultural ya no podrá ser silenciado, sin más, ni se podrán imponer esos consensos de silencio tan habituales en nuestra práctica parlamentaria en torno a asuntos de vida o muerte para nuestro futuro. Sobre todo, lo que ha dado escaños a VOX ha sido el deterioro de una situación que, por desgracia, tiene todas las trazas de seguir deteriorándose. La gran propaganda electoral de VOX es la realidad, y todo indica que vamos a tener cuatro años para verlo.

La gran batalla no es política, es cultural. La política, las urnas, solo reflejan lo que se ha sembrado en la cultura, es decir, en lo que se da comúnmente por bueno y por malo, por verdadero y por falso, por censurable y loable. Es ahí donde hay que trabajar, con paciencia y sin un segundo de desánimo, y debería ser más fácil con VOX en el Congreso. Pero los milagros, dejémoslos para otras ocasiones.