YA NO CUELA

El honor de los bufones

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Pocas palabras sometidas a peor abuso que la de ‘bufón’. Desaparecido como oficio, ha devenido insulto para cualquiera que, pretendiendo ser serio, queda en ridículo, y en eso podríamos decir que es el nuestro edad de oro para los bufones. Ojalá, porque en tan necesario cargo iba implícita la idea contraria, es decir, la de hacer críticas muy graves con la forma de expresiones cómicas.

El bufón era el único que podía decirle al poder las verdades del barquero. Era, con ingenio y variedad, la versión cristiana de ese esclavo que musitaba al oído del general que recibía un fastuoso triunfo en Roma: «Recuerda que eres hombre».

Pero el pagano tenía el suficiente sentido común para no dudar de su mortalidad, y el monarca cristiano se arrodillaba ante lo que, para los sentidos, era y es solo un trozo de pan, y al poderoso emperador austro-húngaro no consentían los humildes capuchinos en enterrarle en su cripta hasta que lo presentaran ayuno de títulos y dignidades, solo como un pobre pecador.

Por eso, no, ni Évole masajeando a Maduro ni los cómicos reunidos para congratularse de lo estupendos que son aunque no les ‘compre’ ni su parienta son bufones, al contrario: son un colectivo espejo de Blancanieves, para decirles a los poderosos que no hay nadie tan bello como ellos.

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Almodóvar dijo en declaraciones previas a los Goya -dice mucho que para dar nombre al gran premio patrio de cine hayan elegido a un pintor- que no reconocía la existencia de Vox. No suena tan mal como mentar la madre, pero es muchísimo peor. Es la ‘unperson’, la ‘no persona’ del Orwell de ‘1984’, Stalin borrando personajes de las fotografías y de la Enciclopedia Soviética. Ni siquiera dijo ‘Vox’, sino ‘el partido de las tres letras’, como los alumnos de Hogwarts con Voldemort, Aquel Cuyo Nombre No Pronunciamos.

Lo de Évole con Maduro ha sido muy criticado, y no lo entiendo. Évole solo ha engañado a quien se empecina en engañarse o, peor, en quien disfruta indignándose, que ya dice Dalrymple que pocos placeres secretos se comparan con el de la indignación airada. Si uno se toma la molestia de ver quién paga a Évole y quién financia a quien paga a Évole, el misterio se disipa. Si quieren llamarle bufón, habrá que concluir que es un bufón que ha olvidado su oficio.

¿El poder? ¿Qué poder? Es tan sencillo como pensar de qué grupos, colectivos, ideas no pueden hacerse bromas, como sugería, en el decir popular, Voltaire.