PUBLICIDAD

Goebbels era un pringado

|

La propaganda sólo es perfecta cuando no necesita censura formal. Todavía pueden leerse ocasionalmente en redes sociales invocaciones a Goebbels o al abrumador aparato propagandístico de los regímenes comunistas. Permítanme que les defina: principiantes. Amateurs.

Tener una oficina de censura -no digamos una policía política- es la confesión de un fracaso, y en cuanto a las propaganda de los países comunistas, nadie, absolutamente nadie creía en ella en las últimas décadas previas a la caída del muro.

PUBLICIDAD

Lo perfecto, lo acabado, es lo nuestro: que la izquierda siga teniendo predicamento cuando tenemos delante de nuestras narices, accesible a todos, información sobre aquello en lo que desemboca indefectiblemente. Para España, próspera y libre, tan europea ella, Grecia ha sido el Fantasma de las Navidades Futuras, y ahí siguen tantos votando a Podemos.

Grecia se salvó de lo peor porque Tsipras se reveló como un pícaro y un mentiroso. Leo en El País semanal a un griego de a pie que lo resume bastante bien: ““Creí en Tsipras, creí en Syriza. Eran algo nuevo. Me rebajaron el sueldo entre un 50% y un 60% con los recortes. Ganaba unos 1.000 euros y me recortaron a 500. Tengo otro trabajo gracias al español que aprendí a hablar cuando fui emigrante en Argentina”.

Suscríbete a nuestro nuevo canal

Eran algo nuevo. Los publicitarios saben que, sólo por detrás de ‘gratis’, ‘nuevo’ es la palabra con mayor tirón entre los consumidores.

Eso es lo bueno de la izquierda, que puede aplicar las más salvajes políticas asociadas con la derecha más cruel sin dejar de ondear las banderas proletarias. Gozan de esa extraña bula, ese margen de pudoroso silencio en los medios. La ordalía griega la hubiéramos tenido para comer y para cenar con estos datos atroces si la hubiera aplicado otro gobierno.

En nuestro propio país necesitamos a los socialistas para desmantelar la protección franquista al trabajador y privatizar el patrimonio industrial del Estado como si no hubiese mañana, para que un ministro de Hacienda, Carlos Solchaga, se ufanara de que España era el país donde más deprisa podía hacerse uno millonario, para meter a nuestro país en la OTAN.

PUBLICIDAD

Pero en Grecia eran héroes, émulos de Leónidas, y cuando Tsipras empezó a traicionar todas sus promesas -empezando por ese referéndum ganado que se pasó por el forro la semana siguiente-, la narrativa no fue la obvia, de engaño y fracaso, sino de noble derrota frente a los abrumadores poderes de Alemania y la UE.

Podía haber sido peor; podía haber sido Venezuela. Hoy son sencillamente derrotados por las urnas. Mañana, si Dios quiere, serán solo un mal recuerdo, aunque mucho de lo roto podría no volver a recomponerse.

Luego tenemos a nuestro ministro del Interior, Grande-Marlaska. Recuerdo cuando fue nombrado para el Gabinete de las Estrellas y recibió el aplauso o, al menos, la aquiescencia de buena parte de la opinión conservadora. Marlaska era famoso en el mundo de la judicatura por su valiente postura frente a ETA y el mundo abertzale, y la esperanza en la derecha sobrevive siempre a la experiencia.

Hoy el hombre justifica la agresión contra un partido, Ciudadanos, que es el epítome mismo de la progresía, por unos pactos que en realidad se niega obstinadamente siquiera a negociar con un partido, Vox, que ha recibido por costumbre inveterada la etiqueta de fascista sin levantar la mano contra nadie ni defender un solo recorte de libertades.

Todo ello usando la ‘identidad’ gay que reivindica para sí el ministro, muy ofendido con lo que piensa que podría hacer Vox, de los que Ciudadanos aceptaría los votos sin sentarse a negociar, y obviando que su compañera de gobierno se haya referido a él como “maricón”, sin matices. Pelillos a la mar. Todo ello, mientras el partido del gobierno del que forma parte se coaliga alegremente con quienes han apoyado y justificado las acciones violentas de esa banda que tenía al juez en el punto de mira.

PUBLICIDAD

Eso es la izquierda, abiertamente, delante de todos. Y esa es la prueba de que la buena propaganda es la que no necesita censura oficial ni policía política.